LA ENTREVISTA. Máximo Damián: “Mi papá tocaba violín… pero él no quiso que aprendiera”


Se hizo célebre por su amistad con el escritor José María Arguedas quien en su testamento pidió que interpretara su arte durante sus funerales.

Escribe: Susana Mendoza
Máximo Damián ha recibido importantes reconocimientos, entre ellos la Medalla Kuntur del Instituto Nacional de Cultura (1995), la Medalla de la Cultura Peruana otorgado por el Instituto Nacional de Cultura (INC); el Premio a la Excelencia Artística (2004), la Medalla a la Cultura de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos y una condecoración de la Universidad Nacional de Ingeniería “por su valiosa contribución al folclor nacional” y la condecoración póstuma, Orden El Sol del Perú en el grado de Gran Oficial.
En este artículo compartimos una de sus últimas entrevistas:
Es un hombre de 73 años, ¿qué recuerda con más frecuencia?
-Mis recuerdos son de los cinco años para arriba. Me acuerdo de cantos y música; costumbres y también de algunos paisanos.
¿Habla quechua desde niño?
-Todos hablábamos quechua en casa porque mi mamá no hablaba castellano.
¿Lo acomplejó hablar quechua?
-Nada. Para mí el quechua, hasta ahora, es mejor, hablo más claro.
¿Usted es un hombre alegre o triste?
-Los dos. Pero soy más alegre. Lo que pasa es que me he enfermado, por eso he bajado de peso. Las personas que nos gusta la música somos alegres, nos gusta hablar de nuestros antepasados, actividades y poner apodos (risas).
¿Es músico desde niño?
-Mi papá tocaba violín. Yo veía cómo la gente lo quería. Pero él no quiso que aprendiera porque era un “oficio de borrachería” a pesar de que él tocaba de pueblo en pueblo contratado por las comunidades.
¿Usted lo acompañaba?
-No, más bien me quedaba con mi mamá en la chacra.
¿Cómo aprendió a tocar violín?
-Los alumnos de mi papá me enseñaron porque él escondía el violín. Cada viaje que hacía a las comunidades duraba semanas, y en ese tiempo yo aprendía. Hasta que un día me encontró tocando, y como era bien buscado para contratos, también a mí me llevaba.
¿Llegó a Lima con él?
-No. La primera vez que llegué fue en el 50, cuando Manuel Prado era presidente. Un tío me trajo. Yo no quería venir, no quería dejar a mi mamá ni el quechua, casi por la fuerza me trajo. “Cómo será Lima”, me preguntaba. Claro, fue una gloria llegar acá, pero extrañaba mi pueblo. Ahora ya no lo extraño porque voy cada año.
¿Para qué lo trajeron a Lima?
-Para trabajar, todavía no me dedicaba a la música porque vine sin violín. Después de un año mi tío me lo trajo. Mientras, trabajaba en casas, como doméstico, haciendo limpieza.
¿Fue un niño “mosca” o tímido?
-Los dos. Bueno yo tenía todo tipo de amigos, pero si no los conocía bien, no les hablaba, como tampoco hablaba con mujeres porque tenía miedo, no sabía enamorar, hasta ahora no se enamorar (risas).
¿En Lima cuándo empezó a dedicarse a la música?
-Cuando salía de descanso los domingos. Dejaba la casa en la que trabajaba, y con mi violín visitaba a mis paisanos que vivían por la Plaza Dos de Mayo o el Puente Caquetá. Tocaba para ellos, lloraba cuando recordaba, tomaba y, claro, también comía.
¿Fue importante la presencia de José María Arguedas en su vida?
-Sí. Fue como un padre para mí. Él se enteró que yo tocaba el violín y me contrataba para animar cumpleaños, matrimonios, fiestas costumbristas. Así nos hicimos amigos. Luego, vinieron los danzantes de tijeras que yo traje. Así trabajamos juntos.
¿Se sintió protegido por él?
-Sí, me ayudó bastante. Hasta ahora me está queriendo la gente por él. Con decirle que el señor Javier Corcuera ha hecho cine con la vida mía.

¿Cómo se enteró de la muerte de José María Arguedas?
-Ese jueves yo lo esperaba en mi casa. Me mandó hacer su comida con mi tía, su “Tinki”. Pero no llegó. Al día siguiente me fui a comprar pan, y vi en el diario que José María Arguedas se había suicidado. “Con razón no vino a mi casa” pensé. Guardé el pan y me fui al hospital. Pero ya no hablaba. Dos días lo esperé. Murió.
¿Cómo conoció a su esposa?
-Yo tocaba violín y esperaba que las mujeres me hablaran porque yo me asustaba, tenía miedo, pero también faltaba platita para mantener ¡Tenemos 30 años de casados!
¿Ella se acercó a usted?
-Je… ella… Pero luego los dos….
Y acá tienen a Máximo Damián, hace más de cuarenta años, tocando en el entierro de su gran 
amigo José María Arguedas.
¿Terminó de estudiar el colegio?
-No, sólo estudié primaria porque mi mamá quería que la ayudara en la chacra y porque era difícil cruzar el río. Pero mi papá me estimuló porque a pesar de que no sabía leer, me tomaba la lección. ¡Imagínese, yo no entendía las letras y él tampoco!
¿Le da penita no haber terminado?
-Uhmmm… si pues, a mi me falta estudiar, qué le voy a hacer, pero así tenga castellano mal hablado, aunque sea estoy cumpliendo.
¿Alguna vez le dio vergüenza hablar quechua?
-No, al contrario, hablo más y más fuerte. Algunos me contestan.
¿Se siente serrano?
-Yo sigo como serrano, mi cara a la vista es de serrano (risas).
¿Usted chaccha coca?
-Nunca, ni de chico tampoco.
¿Se siente peruano?
-Me siento súper peruano y serrano. Me gustan nuestras costumbres, las fiestas, y tocar el violín.
¿Cree que existe racismo en nuestro país?
-En algunas personas.
¿Se valora el quechua en nuestro país?
-Sí, antes no.
¿Cuál es su máximo sueño?
-Seguir haciendo música y regresar a mi pueblo.
¿Quiere ser más famoso?
-Más o menos.
Fuente: www.andina.com.pe
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Autor FÉLIX RODRI

Artista, folclorista y activista político/cultural. Apasionado investigador y difusor de la cultura peruana. Editor en jefe de la Revista Virtual Perú Folklórico y colaborador en otras plataformas similares.
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