COSTUMBRES: Q’eswachaka, el último puente Inca


Cada año, durante tres días de junio, cuatro comunidades del distrito de Q’ewe (Canas, Cusco) trabajan en la construcción de Q’eswachaca, utilizando una técnica que se originó hace más de 500 años

Por Jesús Raymundo
Desde la trocha que serpentea por el ombligo de los cerros, el río es apenas un tajo desigual que la naturaleza ha dibujado en la profundidad. Aunque sus riberas humedecen las rocas de ambas márgenes, intentando unir lo que su paso ha dividido, el camino que los comuneros usan desde tiempos inmemorables se ha interrumpido por algunos días. El puente antiguo de fibras vegetales ha sido retirado como el año anterior y descansa de espalda sobre el río que parece inmóvil.
El viento también reposa en la comunidad cusqueña de Huinchiri (Q’ewe, Canas). No juega con los cabellos ni refresca la mirada. Solo el sol se muestra impetuoso: tuesta la piel débil, aviva el sudor en la frente y abraza con su calor descomunal. Es intenso, muy intenso. Los colores destellan ante la mirada, sobre todo cuando usamos la cámara fotográfica. Y el silencio es otro espectáculo porque en esta zona donde la modernidad es negada, la naturaleza es profundamente visual. Hasta los latidos son silenciosos.
Tejedoras de Q'eswachaka

De pronto, la voz humana acaba con la quietud. “¡Tira, tiraaaa!”, “¡Dale, daleee!”, se escuchan con energía a lo lejos. Las órdenes vuelven a repetirse una y otra vez. Abajo, minúsculos cuerpos se movilizan en ambos extremos que antes eran unidos por el puente que agoniza en las aguas verduscas. Las sogas gruesas que fueron tendidas el día anterior son estiradas al máximo y luego son amarradas sobre una especie de brazos de piedra que se han construido en cada lado, al ras del suelo.


Al descender por la escalera sinuosa de piedra, me reciben dos comuneros que visten pantalón beige de lana gruesa, una chompa negra y una gorra del mismo color. Nadie puede ingresar a la zona de trabajo si es que antes no se ha coordinado el permiso con el alcalde del distrito de Q’ewe. El responsable de dirigir los trabajos se encuentra al otro lado, desde donde se escuchan voces de disconformidad: “¡Que se vaya!, ¡qué salga!”.

Técnica ancestral
El río Apurímac también es surcado por un puente carrozable de fierro y madera que se ubica a un kilómetro de Q’eswachaka, el último puente inca de fibra vegetal que mide cerca de treinta metros. Desde allí, las sogas que unen los cerros parecen débiles hilos amarillos, pero cambian de aspecto a medida que uno se acerca al lugar. Es el inicio de la construcción de una maravilla de la ingeniería inca que se mantiene vigente desde hace más de 500 años.


A un lado del camino, cerca del precipicio, una veintena de mujeres de una de las cuatro comunidades preparan el material con el que se teje la soguilla (qheswa) que se colocarán, una a una, en ambos lados del puente. Cogiendo una piedra, golpean la paja (qoya ichu) y luego la trenzan. Todos participan, desde niñas hasta adultas mayores. Algunas murmuran entre ellas, otras sonríen ante cualquier ocurrencia o permanecen calladas, pero nadie descuida el trabajo comunitario.

Ellas desconfían de mi presencia. La mayor del grupo coge una piedra e intenta tirármela para evitar que la fotografíe. En quechua, con amabilidad, le explico que mi intención es conocer su costumbre y difundirla a los peruanos. “Manam munanichu (no quiero)”, me responde. Entonces, conozco a Wenceslao Vilca Vilca, fiscal de la directiva comunal de Huinchiri, quien luego de ver mi identificación me invita a conocer la obra de los ingenieros incas (chakaruhac).
“Para nosotros la reconstrucción del puente es una obligación porque ha sido hecho por nuestros antepasados y lo hemos mantenido con orgullo y lo vamos a seguir haciendo”, me dice en un perfecto castellano. Me cuenta que Huinchiri, en donde se ubica Q’eswachaka, es la que se encarga de la reconstrucción. Las otras tres comunidades (Chaupibanda, Ccollana Quehue y Pelcaro), se encargan de acopiar la fibra vegetal para la soguilla y los palos que se tenderán sobre el puente.

Cuatro sogas gruesas sirven de base y otras dos, de barandas o pasamanos. Una vez que han sido tendidas y amarradas a unos clavos de piedra se empieza a tejer el nuevo puente. Los expertos empiezan a trabajar desde ambos extremos. Uno de los maestros teje la base utilizando unos palos que cada cierto tramo amarra con tiras de cuero de ganado. El otro amara las soguillas en ambos lados, para proteger al caminante. El trabajo parece interminable, pero ellos no se desesperan.

Una vez que el puente ha sido culminado, otro grupo se encarga de tender sobre la base una especie de alfombra de palitos que previamente han sido amarrados con soguillas de fibras vegetales. Es el tramo final del trabajo comunitario, antes de empezar a cruzar el puente. “Todos estamos obligados a participar, porque nosotros queremos transmitir a los niños para que continúen cuando nosotros nos vamos a ir”, me dice Vilca Vilca.
Entre rituales
Mientras se realiza la obra, don Cayetano Qarahuire organiza el pago a la tierra (pachamama), los dioses de las montañas (apus) y el puente ancestral, que también es considerado una deidad. Es acompañado por sus tres colaboradores que visten prendas gruesas de lana. Sentados alrededor de una manta multicolor que alberga productos que se usan en los rituales, chacchan hojas de coca, beben aguardiente y conversan en quechua.

Cada cierto tiempo, dos de sus asistentes se acercan a la zona donde se queman bostas que despiden humo intenso. De cuclillas, uno de ellos toca unas campanitas metálicas, luego eleva al cielo un feto de cordero y lo introduce entre las cenizas. De rato en rato esparce el vino, mientras murmura una oración en quechua. Luego coloca, uno a uno, mazorcas, cebo de llama, hojas de coca, pallares, garbanzos y algodón.
En su idioma natal, don Cayetano me dice que el pago a los dioses no solo protege a los constructores del puente, sino también cuida a las cuatro comunidades. Por eso, sus tierras de cultivo les bendecirán con abundantes frutos y a sus ganados no les afectarán las enfermedades. Me comenta que es responsable de los rituales durante los dos días que dura la construcción. Incluso, su trabajo lo realiza de noche, cuando los demás ya se encuentren descansando.
Cirilo Puma, uno de sus colaboradores y constructores del puente, me comenta que son 225 las personas que trabajan en la obra. “Desde nuestros abuelos seguimos haciendo el puente. Por eso, sería bueno que el mundo lo conociera. Se cansa duro, se saca sangre, es peligroso, pero eso no nos preocupa. Nos sentimos orgullosos de nuestros antepasados”. Ellos son los guardianes de una tecnología ancestral que no solo une pueblos, sino también tiempos.
EL DATO
El puente q'eswachaka o queshuachaca es un puente colgante de fibra vegetal (ichu) que se sitúa sobre el río Apurímac en el distrito de Quehue, en la región Cusco - Perú. La existencia de este puente data desde la época incaica y su mantenimiento y renovación se realiza mediante un rito ejecutado por las comunidades de Winch'iri, Chaupibanda, Ccollana Quehue y Perqaro.


Mide 28 metros de largo y 1.20 metros de ancho, su estructura es hecha de «ichu» trenzado.

El 05 de agosto del 2009 el Instituto Nacional de Cultura del Perú declaró como Patrimonio cultural de la nación al «ritual de renovación del puente Q'eswachaca, así como los conocimientos asociados a su historia y construcción».

VÍDEO

Q'eswachaca, le dernier pont inca from Alpimondo on Vimeo.                                              

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Autor FÉLIX RODRI

Artista, folclorista y activista político/cultural. Apasionado investigador y difusor de la cultura peruana. Editor en jefe de la Revista Virtual Perú Folklórico y colaborador en otras plataformas similares.
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