7 jul. 2014

COSTUMBRES: Paucartambo, La Fiesta de la Virgen del Carmen


La festividad que se realiza en Paucartambo fue declarada como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Nación 

Textos Steve Light
 De pronto, durante tres días cada año, del 15 al 17 de julio, el poblado de Paucartambo se llena con miles de visitantes que vienen a espectar y participar de una de las más coloridas y fascinantes festividades de Sudamérica.
Los españoles introdujeron la costumbre de rendir homenaje a la Virgen del Carmen en todas sus colonias y por ello numerosas fiestas se celebraban y se celebran en su honor en toda América.


En los Andes, sin embargo, donde todas las festividades religiosas reflejan la centenaria confrontación entre el cristianismo y el panteísmo precolombino, la Virgen no es únicamente la madre de Dios, sino que también es la Madre Tierra, o Pachamama. Y los dieciséis grupos de danzarines bellamente ataviados que participan en las festividades de Paucartambo interpretan un conjunto enmarañado de eventos históricos, fábulas y leyendas, que contribuyen a crear tres días de sostenida narrativa.
La fiesta comienza el 15 de julio con el ingreso de todos los grupos de danza, o comparsas, todas magníficamente enmascaradas y vestidas de acuerdo con sus respectivas costumbres y usanzas. Se acercan a la iglesia en rítmica danza mientras que el Cápaq Q’olla y el Cápaq Negro entran al  templo cantando para saludar brevemente a la Virgen.
Mientras tanto, detrás de las comparsas, toda la población se junta, formando una masa devota que marcha en procesión a lo largo de la avenida principal portando velas, flores y otras ofrendas.
Más tarde un ruidoso despliegue de fuegos artificiales tiene lugar en la plaza principal, mientras el Cápaq Q’olla, los Chunchos y los Saqras bailan libremente, brincando a través de las llamas de las muchas fogatas encendidas alrededor de la plaza, sus máscaras iluminadas como una suerte de visión medieval del infierno.
Al acercarse la medianoche, en una emotiva reunión, todos los integrantes de las comparsas se reencuentran –esta vez sin sus elaboradas vestimentas– para cantarle una solemne serenata a la Virgen, de pie ante las puertas cerradas del templo que la cobija.
Muy temprano por la mañana del 16 de julio, día central de las festividades, el pueblo regresa a la plaza, después de misa, para recibir los regalos de fruta, artesanías y juguetes que dejan caer sobre ellos los mayordomos de las comparsas.
Por la tarde, en medio de un aire de expectativa que corre entre la multitud, entre susurros y conjeturas , la Virgen, bellamente adornada y escoltada por el Cápaq Chuncho, es finalmente recogida de su lugar de descanso al lado del altar mayor de la iglesia y llevada a través de las atiborradas calles y plazas de Paucartambo encabezando a todos los grupos de danzantes y sus trajes multicolores.
La banda de cada comparsa toca el tema musical distintivo de su grupo, generándose un gran bullicio que reverbera contra las montañas circundantes.
Mientras tanto, por encima de la procesión, los diabólicos Saqras parecen desafiar la gravedad, clamando a la Virgen y saltando de balcón en balcón, incluso escalando los techos, esforzándose por seducirla y gritando como almas en pena al tratar de evadir su impasible y glacial mirada.
Al día siguiente, en una ceremonia que evoca el culto ancestral de la muerte en los Andes, cada comparsa marcha por su cuenta hacia el cementerio a través de calles que huelen a polvo, lechón, cerveza y paredes orinadas, bordeadas por las tiendas de los vivos, cantando tanto para llamar a sus antepasados como para recordar a sí mismos y a sus oyentes su propia mortalidad.
Esa misma tarde la imagen de la Virgen es llevada por última vez a través de las angostas calles del pueblo, hacia el venerable puente colonial que lleva el nombre del monarca español Carlos III, donde, rodeados por todos
aquellos que participaron en la fiesta, de pie o arrodillados en aquellos que participaron en la fiesta, de pie o arrodillados en un silencio respetuoso, los Cápaq Q’olla y Cápaq Negro se dirigen a la Virgen en una emotiva canción de despedida.
Con la Virgen ya de regreso y a salvo en su templo, la plaza principal se llena nuevamente para la gran culminación de la fiesta. Los irreverentes bailarines Waca Waca hacen una parodia de los toreros españoles del periodo colonial como preludio al ingreso de los Q’ollas y los Chunchos, quienes remedan una batalla en una hilarante pantomima que evoca las guerras entre el Collasuyo y el Antisuyo del tiempo de los incas. En lo más álgido de esta dantesca riña, los saqras aprovechan para sacar ventaja de la ausencia de la Virgen y descienden de los techos, con tridentes en las manos, llevándose a los bailarines-guerreros caídos, uno por uno, en llameantes carretillas hasta que, finalmente, el rey Q’olla es muerto por el rey de los Chunchos y su reina llevada como trofeo de guerra, acción que señala el fin de las hostilidades y un giro en la atención de los guerreros que ahora optan por atacar las cajas de cerveza acumuladas en medio de la plaza.
Al día siguiente, en un siempre colorido pero relativamente sobrio postludio del alboroto de la noche anterior, las comparsas se dirigen por última vez a bailar el tradicional cacharpari, o despedida, ce-rrando por un año más esta incansable e imaginativa fiesta, y devolviendo a Paucartambo, nuevamente, a su tranquila oscuridad, mientras el polvo que levantan los vehículos de los últimos visitantes baila todavía sobre el camino a Cusco.
El legendario origen de la fiesta
"Se dice que hace mucho tiempo, un día durante los quince primeros de julio, una adinerada mujer llamada Felipa Begolla solía venir hacia Paucartambo desde el Ccollao cada año para comerciar.
Solía llegar al frente de una recua de mulas cargada de bienes de su tierra nativa que intercambiaba con productos de Paucartambo.
Un año que vino, mientras desempacaba sus bultos, descubrió la cabeza de una bella mujer entre sus lozas y vajillas.
Cuando Felipa Begolla trató de gritar para llamar a sus arrieros se dio cuenta que no podía hablar y que cuando quiso correr tampoco podía hacerlo. Entonces, la bella aparición le habló, calmando sus temores y diciéndole que su nombre era Carmen.
Aquel día, 16 de julio, día de la Virgen del Carmen, Felipa Begolla puso la radiante cabeza sobre una fina bandeja de plata que había traído para negociar y junto a una multitud de arrieros y vecinos que se arremolinaban en torno, vio cómo la cabeza despedía rayos tan brillantes como el sol, por lo que la gente quemaba incienso y oraba.
Un carpintero del pueblo de Paucartambo fue comisionado para tallar un cuerpo de madera para la cabeza y luego, ya en una elaborada litera, la Virgen fue llevada hacia la iglesia de la localidad donde la milagrosa imagen fue ubicada a un lado del altar mayor."
Los bailarines
La estricta coreografía de cada una de las dieciséis comparsas es colectiva y los ensayos previos duran varias semanas.
La música propia de cada grupo anuncia su presencia cada vez que toman las calles y, en cierto momento, de la fiesta las dieciséis melodías se escuchan simultáneamente.
Los guerreros de Cápac Chuncho forman la guardia de honor de la Virgen. Visten coloridos faldellines, o unkus, y usan coronas de plumas que nunca dejan de moverse mientras bailan incansablemente todo el día.
En quechua, la palabra "chuncho" significa "salvaje", y era usada peyorativamente para describir al pueblo que estos danzarines representan. Es decir, a los habitantes de la selva más allá de las fronteras del imperio incaico, en regiones dominadas por animales y no por hombres.
Los acrobáticos Cápac Q’olla representan a los mercaderes del Ccollao –es decir, lo que es el sur del Perú y la actual Bolivia– y llegan con llamas portando objetos para negociar.
De acuerdo con la leyenda, son los paisanos de la Virgen del Carmen. Portan sombreros rectangulares adornados y decorados con piedras semi-preciosas y cantan emotivamente en quechua mientras bailan.
Los Saqras son demonios euro-andinos. Sus vestidos son ropajes de vívidos y variados colores que imitan al arco iris, portan máscaras que representan animales y llevan extravagantes pelucas.Ocupan los balcones del pueblo durante las procesiones cuando la Virgen es cargada a través de las calles, compitiendo con ella por la atención de la gente.
Los Contradanza son una muy restringida comparsa cuyos muy gráciles danzarines remedan las cuadrillas francesas que eran muy populares en los salones de la elite española durante el último periodo colonial.
Los Auca chilenos, de otro lado, personifican la penosa memoria que dejó en la conciencia colectiva peruana la ocupación del territorio por el ejército chileno, en el transcurso de la guerra del Pacífico en el siglo XIX.
Los Cápaq Negro, sin duda la más elegante de las comparsas en Paucartambo, rememoran a los esclavos que trabajaron en las minas de plata y campos de algodón del periodo colonial. Bailan y cantan siguiendo un ritmo lento, majestuoso y extrañamente emotivo.
En claro contraste, los muy ruidosos Majeños personifican a los mercaderes de la era republicana del valle de Majes, próximo a Arequipa, que comerciaban con vino y alcohol de caña. A caballo o a pie, andan por todas las calles durante la fiesta, siempre con una botella en las manos, salvo que se encuentren delante de la Virgen.
Los traviesos Maqtas parecen estar en todos lados al mismo tiempo. Paradójicamente, estos anárquicos burlones son los encargados de mantener el orden durante las festividades, vigilando tanto a los participantes como a la multitud de espectadores, a fin de asegurar que cada vez que la Virgen se encuentre presente todos se quiten el sombrero y se logre una pausa en el consumo de cerveza que, de otra manera, parece inacabable.
Demonios del otro lado del mar. Orígenes del Saqra andino
Hoy en día la palabra quechua “saqra” se traduce por el término “diablo”, pero en realidad el carácter seductor del saqra andino lo hace diferente del diablo de la tradición cristiana occidental y más cercana al imaginario popular europeo que lo asocia con demonios
La idea del diablo como personificación del mal en un solo personaje no existía en la tradición andina antes de la llegada de los españoles. Más aún, los primeros diccionarios quechua del siglo XVI demuestran que la lengua de los incas carecía de palabras para expresar la idea del mal, tal como la entiende el catolicismo.
Fray Diego Gonzáles Holguín, en su Vocabulario de la lengua general del Perú llamada lengua Quichua o del Inca de 1560 define el término saqra como "cosa tosca, vil o baladí, mal hecha, o basta o suzia".
El concepto quechua de saqra durante el siglo XVI, entonces, era muy diferente de aquel que hoy en día evoca, simultáneamente, sentimientos duales de temor y atracción. Parecería que a lo largo de muchas centurias el término saqra se ha mezclado con el concepto católico de diablo que trajeron los españoles.
Se sabe que durante la época colonial la iglesia hizo uso de narrativa pictórica como instrumento de evangelización, tal y como lo había hecho desde la época medieval en Europa, para reforzar la enseñanza de la iglesia acerca de lo que constituía el pecado y la virtud.
Las representaciones literales del cielo y el infierno que vemos en las pinturas y murales coloniales que pueblan las paredes de las muchas iglesias de la región, forman parte de una muy exitosa campaña para convertir a la población indígena iletrada en la nueva religión usando la imaginería (Statsny, 1967; y Tord, 1969). Y es está iconografía la que propagó la noción actualmente en uso del saqra andino.
En la representación del cielo hallada frecuentemente en las pinturas coloniales, varias apariciones zoomórficas pueden apreciarse entre los fuegos infernales atormentando a las almas de los condenados.
El miedo al infierno era instigado entre pecadores de gatos, serpientes, arañas y lechuzas – animales que habían sido asociados con la sabiduría y no con el mal en el Perú prehispánico -  eran los protagonistas entusiastas en las extravagantes torturas de ellos condenados al sufrimiento eterno.
Los saqras aparecen en muchas de las fiestas religiosas populares de la región, especialmente en la festividad de la Virgen del Carmen, a mediados de julio. En la fiesta de Paucartambo, los miembros del grupo saqra de baile representan este mundo mediante imágenes terroríficas donde gatos, serpientes, arañas y lechuzas –animales que habían sido asociados con la sabiduría y no con el mal en el Perú prehispánico–  eran los protagonistas entusiastas en las extravagantes torturas de ellos condenados al sufrimiento eterno.
Los saqras aparecen en muchas de las fiestas religiosas populares de la región, especialmente en la festividad de la Virgen del Carmen, a mediados de julio.
En la fiesta de Paucartambo, los miembros del grupo saqra de baile representan al mal tanto con sus trajes como por la representación que ejecutan en el drama de la narrativa del evento. Al igual que el diablo de la literatura occidental de Goethe o Marlowe, son tentadoras figuras intentan llevar a los mortales del camino del bien hacía el sendero del pecado.
Sus manos son como garras y sus máscaras, adornadas con pequeños animales que reptan sobre ellas, son la faz de bestias que en el mestizo pensamiento colectivo actual están ligados con la idea del pecado. Sus elaboradas vestimentas están también adornadas con diminutos animalillos que son tradicionalmente asociados con el mal por los europeos.
El símbolismo cosido en estas vestimentas y atado inexplicablemente al proceso de evangelización cristiana en el Perú es la clave para entender el concepto de saqra. No es el diablo de la tradición cristiana original, sino los malignos demonios y bestias de la visión colonial del infierno, tal como los propagandistas del arte de ese tiempo la percibieron.
Retornando nuevamente al quechua, hoy, en el pueblo de Calca en el valle de Urubamba, la palabra saqra significa chivo o cabra, mientras que en Paucartambo significa gato. Ambos siendo, por cierto, animales asociados desde hace mucho tiempo en la mentalidad popular con una noción muy europea del mal.
Fuente: Revista Rumbos
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