25 may. 2015

LA ENTREVISTA: Este sería la última entrevista a Felipe Pinglo


En abril de 1936 el mayor compositor criollo moría lentamente, olvidado, en el hospital Dos de Mayo. La prensa lo encontró junto a su hijo, Felipe Alejandro. Y surgió esta nota imperdible; “no hay que volvernos servidores de la música extranjera”, dijo. Y hoy es rescatada con nostalgia.

Una tarde, a fines de abril de 1936, logramos un propósito largamente acariciado: visitar al compositor Felipe Pinglo, entonces enfermo en el Hospital “Dos de Mayo”. Los valses del “cojito”, interpretados por las mejores guitarras de los barrios conmovían ya a éstos, pero tales emociones estaban lejos de llegar a las oficinas de los periódicos. La propia música denominada criolla estábase a la puerta de los teatros y radios, sin mayor esperanza. El tango argentino, los aires extranjeros eran los únicos que tenían carta blanca en el menú de las funciones ordinarias y extraordinarias.
Tres personas integrábamos la comitiva: el dibujante Echegaray, el fotógrafo Yactayo y quien estas líneas escribe. En el trayecto comentábamos la alta calidad de las composiciones ya conocidas del artista enfermo, su mala situación económica y la indiferencia que lo rodeaba, Echegaray ofrecía una mayor cantidad de estos datos. Yactayo, parco siempre, limitábase a reafirmar “su música es muy buena”.
El enfermo optimista
Después de transponer la vieja entrada del antiguo hospital y cruzar más de una sala entre las blancas hileras de camas, llegamos a un cuartito de la sala Odriozola. Allí encontramos a uno de los enfermos más optimistas que, en difíciles circunstancias, hayamos podido escuchar: Pinglo. Las paredes de la pequeñísima habitación estaban pintadas de verde, un verde suave. Como es corriente, no había más mobiliario que la blanca mesita de noche y los utensilios sustantivos de la clínica. Sobre la cama, cubierto el cuerpo delgado con una piyama a rayas, aparecía el autor de “El Plebeyo” y otros tantos hermosos valses. Al vernos, llegar, sus ojos expresivos brillaron. Esa luz cobró todavía más vida cuando se confirmó que los tres visitantes habíamos partido de la redacción de un periódico, especialmente en busca de ese autor.
-Periodistas, qué alegría, manifestó Pinglo. Es la primera vez que se dignan visitarme. Estaba pálido y muy delgado. Sin embargo, nuestra presencia que él calificaba grata, lo animó visiblemente. A su lado, un niño, medio perplejo, nos había quedado mirando. El enfermo dijo con voz amable:
-“Mi hijo, Felipe Alejandro”. Era un secreto a voces el mal estado del compositor. En las fuentes bien informadas del hospital y de la calle, casi se esperaba un desenlace. “Felipe -manifestaban sus amigos- tiene muchas energías; pero los médicos aseguran que será muy difícil salvarlo”. Sin embargo, ese criterio no era compartido por el paciente. Debían practicarse en su frágil cuerpo hasta tres intervenciones quirúrgicas. Estaba visto que esas fierezas estaban lejos de asustarlo.
-“Dos o tres operaciones y en seguida estaré bien”, comentaba.
La música criolla
Hablamos de música criolla, de compositores. Eso agradó mucho más todavía al correcto interlocutor. Entonces, como repetimos, la interpretación de la música nacional estaba marginada. Auguró un rápido cambio en la situación.
-“Si la producción de música criolla es buena y va camino de la superación nadie podrá evitar su auge”, expresó. “Tenemos que superarnos, desde luego. Aprender mucho”. Se quejó, después, con evidente amargura, de la facilidad con que algunos compositores peruanos se dejaban poner pautas totales por el valse argentino y otras composiciones de ese país. La música argentina es bella, agregó; pero nosotros tenemos nuestra propia expresión. Es natural que lo nuestro se forje con elementos nativos y otros importados, pero nada justifica la servidumbre.
Pinglo estaba peinado como de costumbre, con raya. Sus cabellos ralos y delgados estaban muy lejos de alborotarse como ocurre a los pelucones de la bohemia clásica, pero lo que sí tomaba un timbre enérgico a pesar de todo, era su delgada voz.
–“Creo que tenemos mucho que aprender de los extraños, pero que no hay por qué volvernos sus servidores en arte o en cualquier otra cosa”.

Recuerdos de Espinel
Han transcurrido 13 años desde que, bajo el techo del vetusto “Dos de Mayo”, tuvo lugar la conversación que reproducimos. Las palabras del primer y más calificado compositor del país cobran ahora, si cabe la frase, mucho más vida. Traen a cuento algunos recuerdos de Pedro Espinel, otro compositor criollo, testigo de los afanes de Pinglo, uno de sus compañeros en trajines y jaranas.
Recuerda Espinel: “Felipe era el hombre que jamás dijo no. Íbamos a tocarle la puerta, buscándolo para una serenata, una dada de aros, algún compromiso. Uno de nosotros se adelantaba para arreglar las cosas, y al poco rato ya lo teníamos en el grupo. No era raro que en cada una de estas oportunidades nos ofreciera una verdadera lección. Recién -advierte Espinel- nos damos cuenta de eso”.
La lección tenía lugar siempre y a propósito de la música o el canto. Cuando nosotros creíamos que en materia de voces no había más que bajos y altos, él nos hablaba de “cuartas y terceras”. Igualmente, como todos los elementos de primera fila, estaba preocupado de innovar, rompiendo moldes. Si hay correlación entre ésta y aquella nota, por qué, solía decir, no la ha de haber en otras.
En la conversación del “Dos de Mayo” fueron barajadas todas estas ideas y mencionados algunos nombres. Pinglo, olvidando el mal estado de su salud casi completamente, se ocupó de futuros proyectos. Creía descubrir ya a algunos compositores en cuyas notas brillaba el talento popular. Con delicadeza pronunció el nombre de uno de estos muchachos: Pablo Casas. Para el enfermo ese compositor estaba -de perseverar en su obra- destinado a triunfar. Su opinión favorable al autor de “Anita” fue subrayada con un “tiene mucha madera”.
Así como el agua es el elemento vital de los peces, la melodía y lo bello era el medio propio en que se movía Felipe Pinglo. En las fiestas -opina Espinel- él nos sorprendía de diversa manera. Unas veces cantando cinco, seis o siete valses que nunca le habíamos oído. Otras veces, obsequiando las composiciones a sus amigos más cercanos, sin mayor egoísmo, para que ellos las interpretaran.
Entre sus grandes colegas, no es posible poner de lado a los hermanos Díaz. Con uno de ellos compuso el delicado valse: “Melodías del Corazón”. La plaza apareció llevando el nombre de sus dos autores. Ustedes recordarán, recalca el informante, estos bellos versos:
“La flor que en vida dio a un pobre corazón ayer se marchitó, en mí grabado está el espectro fatal de la desilusión. La quiero yo olvidar, imposible me es, busco un nuevo querer, no lo puedo encontrar, de miedo de ofender a la que tanto amé”.
Cualquiera de los numerosos amigos del Maestro pudo, como aquel de los hermanos Díaz, colaborar con Pinglo en la elaboración de una de sus numerosas joyas musicales, él, que siempre fue comprensivo para con sus colegas, jamás se habría atrevido a negar en público o en privado esa colaboración.
La música, su compañera Inseparable
“Pinglo -sigue Espinel- era un verdadero músico, un auténtico artista. Me parece que lo estoy viendo camino a su trabajo, en la Dirección de Tiro. Nos habíamos despedido en la madrugada. No obstante, cumplido como era, me asombraba encontrarlo cerca de la calle de La Penitencia, por donde vivía, pero rumbo a sus quehaceres. Era corriente encontrarlo, alegre como unas pascuas, caminando. Jugando la cabeza a uno y otro lado, como quien sigue imperturbable el ritmo de una nueva canción”.
Deportista
Las personas que nos hubieran acompañado al hospital en el otoño de 1936 seguramente no habrían creído lo que se cuenta de la juventud del compositor, el mismo que intervenía ora en las fiestas, ora en los encuentras de fútbol y otras manifestaciones deportivas. Los muchachos del “Sportivo Uruguay” no lo olvidarán fácilmente, lo mismo que los del “Lusitania” y otros clubes. En Guadalupe, el colegio de las rebeliones bulliciosas, él había enriquecido su espíritu inquieto y avivado su apasionamiento. Entre la avalancha de sus composiciones figuran, por eso, algunas polcas en las cuales se canta al zaguero que despeja heroicamente su gol amenazado.
El enfermo –olvidando por completo el mal estado de su salud- volvió la vista rápidamente hacia estas cosas, explicándonos cuáles eran los motivos que habían herido su fina sensibilidad.
-“Los canillitas que duermen entre las bobinas durante toda una noche con mal sueño y salen disparados al amanecer; los mendigos andrajosos que pasean por toda la ciudad a diferentes horas; los amadores desdeñados por las diferencias sociales, etc.”.
Diversos tópicos fueron abordados durante la conversación que no duró, por las malas condiciones del paciente unos cuarenta minutos. Pinglo agradeció vivamente la gentileza que había tenido con él un periódico al molestarse en visitarlo. Se creía, ciertamente, honrado.
-“Nosotros, los compositores populares, generalmente, no tenemos más público que el de los barrios”.
La pobreza
La pobreza inspiró una buena parte de las canciones de Pinglo. Perdura como una de las mejores, quizás la que alcanzó la cima de la calidad, aquella “Oración del Labriego”, que se toca actualmente y se tocará durante mucho tiempo, sin lugar a dudas. La pobreza, pues, no podía dejar un solo momento al autor de las más bellas expresiones de nuestro cancionero popular. Como no había querido enrolarse en las filas de los Napoleones del Centavo, su fallecimiento lo sorprendió en la miseria. Lo enterraron, como ha ocurrido con otros creadores, las nobles manos de sus amigos; unos lo conocían, otros no lo habían visto nunca. Les bastaba haber oído su sencilla música.
Es un maestro
Cuando abandonamos la Sala Odriozola en esta tarde de 1936, y dejamos a Felipe Pinglo en su pequeñísimo departamento pintado de verde desmayado, tropezamos con otra voz que emergiendo de una cama, nos advirtió:
-¿Vienen de ver a Plagio? Es un Maestro. Pasará a la historia, van a verlo. Quien pronunciaba estas palabras era un muchacho trigueño; como el autor de “El Plebeyo”, adelgazado por la enfermedad, como él, víctima de la malanoche.
El primer periodista
Un hecho singular destaca a través del tiempo la breve entrevista del año 36. Fuimos los primeros periodistas que visitamos al extraordinario músico del pueblo. Y como quiera que a los pocos días tuvo lugar su lamentable desaparición, nos hemos convertido, así mismo, en los últimos. Nadie más que sepamos, tuvo tiempo ya de buscar al gran creador para llevar sus impresiones a la letra de molde. El semanario “Cascabel” en el que entonces trabajaba un grupo de inquietos periodistas, se honró más tarde haciendo suyas muchas de las ideas de Pinglo, defendiendo vigorosamente la producción humilde y valiosa del arte popular.
Como en otras ocasiones y en otros campos, se diría que había tenido que caer un combatiente para iniciar con su caída algo así como una nueva etapa.
A continuación recuadros que acompañaron el artículo publicado por la revista Ya.


Música en formularios
Pinglo -que vivía en una casita pintada de azul en la angosta y vieja calle de La Penitencia- solía estar en todas partes, según cuentan sus amigos íntimos.
Uno de ellos manifiesta asombrado, aún ahora que ha corrido tanta agua bajo los puentes, que “pesaba mucho desde muchacho, cuando solamente tocaba rondín”. Los músicos lo observaban perplejos, como admirados de su destreza para hacer brotar armonías del sencillo instrumento.
Más tarde, cuando tocaba la guitarra, esa admiración iba en aumento. Enseguida “nos dábamos cuenta de su superioridad y quieras que no, quedábamos convertidos en oyentes fervorosos. Sus valses armoniosos, sus polcas suaves y bonitas venían, de hecho, a integrar nuestros repertorios. Felipe Pinglo, según unas informaciones, habría escrito su valse “Amelia” en 1917, y seria ésta su canción de debut. Para otros, el estreno habría tenido lugar mucho antes, allá por el año 1913.
Pedro Espinel sostiene que su producción es tan vasta que recién en la actualidad se están “descubriendo algunas melodías que permanecían Ignoradas”.
El Secretario de la Dirección de Tiro, amante de la música como el que más, no desdeñaba un solo momento para dedicarse a la composición. Existen, por allí en poder de sus amigos copias de piezas musicales trabajadas en el reverso de algunos documentos.
Como aquel autor teatral que utilizaba los formularios del telégrafo para escribir sus obras, Pinglo usaba del material de la Dirección de Tiro.
La musa que inspiró “Hermelinda”
Como quiera que el Maestro ha compuesto tanto y tan variado, no falta quienes nieguen o discutan la paternidad de ciertos valses. No es raro que eso ocurra con las composiciones que diremos, le pertenecen más. Así, por ejemplo, el valse “Hermelinda”.
Pinglo, como Yerovi, acaso como Blume gustaba de “volar” por todos los rincones de la ciudad. Se le veía en Buenos Aires, la semi-plazuela de los Barrios Altos, por donde habría tenido un gran amor; por Mercedarias, por la Buenamuerte o Abajo el Puente. Las gentes y la vida del pueblo le iban dictando canciones, en la época juvenil, antes de que “las arrugas surcaran su frente” uno de esos amores, habría inspirado la composición mencionada, habría una guapa chica de entonces, más tarde su esposa, Hermelinda Rivera.
Para ella fueron compuestos esos versos: “Hermelinda, acuérdate de mí…”.
En vísperas de una producción más seria, antes de que la inquietud por algunos problemas sociales viniera a golpear las puertas de este creador popular, los motivos sentimentales le brindaron más de una bella página. A parte de “Hermelinda”, están “Rosa Luz”; “Bouquet” y muchas otras.
A propósito de “la morena Rosa Luz”, los amigos del desaparecido compositor expresan que este tenía gran predilección por nuestras guapas morenas. Y que solía decir: “son realmente lindas…”.
Juan Francisco Castillo
Revista Ya, Número 27, Año 1949.
Foto: Andina
Felipe Pinglo falleció el 13 de mayo de 1936.
Fuente: www.portalperu.pe

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