5 may. 2015

LA ENTREVISTA. Rosaflor: “Bailaba como negra y me decían 'pareces chinchana'”



La versátil y carismática cantante criolla Rosaflor “La Diosa blanca de la música negra”, ofreció una interesante entrevista a un diario local, en donde relata pasajes de su vida y su carrera musical.

Por Maritza Espinoza
Tu madre era soprano de coloratura. ¿Cómo terminaste cantando criollo?
Porque yo viví con gente negra. Mi mamá, cuando yo era niña, alquilaba una habitación en Surquillo, y los dueños, como trece hermanos, eran gente negra. Ahí fue que empecé a escuchar la música negra criolla, pero siempre estaba nutriéndome de la música andina. 
¿Nunca se te dio por hacer carrera en la música andina?
Mi mamá me propuso. En algunos viajes incluso cantábamos música andina, pero me gustaba la música criolla, la música negra, las jaranas que yo veía. Tanto así que yo sola me escapo a los once años al programa de Mirtha Patiño a hacer un casting, me aceptan y cantaba en Los miércoles criollitos.
¿Tu mamá no lo supo?
Mi mamá se enteró porque las vecinas le dijeron: mira, tu hija está en la televisión. Ella tenía un carácter muy difícil, bien estricto, y no quería que yo, que era muy chica, me dedicara a nada de lo que ella hacía, porque decía que se sufría mucho, que la gente era muy cruel con los artistas.
¿No quería que siguieras sus pasos?
No quería, porque, como era madre soltera y había sufrido mucho, pensaba que de repente iba a pasar lo mismo conmigo, pero cuando tú ves a tu madre sufrir y ves que tienes una vida difícil, eso te llena de energía. Todo eso hizo que yo viera la vida de otra manera, que quisiera tomar esto como una profesión y me hiciera respetar.
¿Cuándo nació lo de Diosa blanca de la música negra?
Cuando yo tenía 17 ó 18 años, porque me gustaba bailar. El ritmo lo tenía ahí, porque mi madre también era danzarina. Y como había crecido con gente negra, obviamente, ya tenía el swing, el ritmo… De chiquita ya yo era, como siempre digo, medio "chuchumeca" (risas). Y a los 18 años me metí al concurso La Valentina y bailaba como negra. Me decían: pareces chinchana.
¿Los negros, que son tan celosos de sus ritmos, te acogieron?
¡Son racistas! (risas). Pero se dieron cuenta de que, cuando yo bailaba, más que tener una pose, bailaba de corazón. Le metía el ritmo, le metía la fuerza, le metía las ganas. 


¿Y cómo fue lo de la Diosa blanca…?
Una vez, en Las guitarras de Barranco, un animador me ve ahí bailando y, como siempre andaba toda rubia y usaba esas falditas minis de tres tiempos, volaba en el aire. Y él decía: ¡esta chica es una diosa, qué bestia…! Y de ahí ya todo el mundo comenzó a llamarme así.
¿Llamabas la atención?
La gente decía: nunca he visto una blanca bailar como tú, pareces negra. Pero porque yo trataba de adoptar el mismo temple, la misma fuerza de los negros. Conforme iba creciendo, quería moverme igual, quería ser igualita a ellas. Y fue mi maestro José Enrique Barrueto, director de Mama Uca, quien me pulió y me enseñó los pasos.
Pero no te has encasillado en lo criollo, ¿no?
Canto de todo. No soy la típica criolla blanca, rubia, alucinada. Yo llego, miro qué tipo de público es y según eso hago mi repertorio: música andina, una cumbia, un bolero, una ranchera, un festejo, un vals, de todo un poco. Es más, me gustaba cantar música internacional antes que criolla, pero lo criollo me llamaba por la jarana, por la gente que se juntaba con el cajón y la guitarra.
¿Tuviste tu tiempo de bohemia?
Sí. Hasta ahora, pero a puerta cerrada... 
¿El criollismo sin bohemia no existe?
Decir que sí es mentira, es hipocresía y yo hipócrita no soy. A mí me gusta tomar mi trago. Hasta ahora nos juntamos un grupo de amigos que somos los “chuperamigos” y ahí, a puerta cerrada, en Ollita no’ma, todo el mundo trae su trago, guitarra, cajón y hasta las últimas consecuencias (risas).
¿Y eso de cantar ahora en familia es una nueva etapa?
Es una nueva etapa, porque ellos, obviamente mis hijos, tienen en sus venas la música y cantaba uno, cantaba el otro, y así fueron creciendo. Y siempre que la gente va a Ollita no'má a almorzar, los chicos salen de la cocina, porque son chefs, y suben al escenario a cantar.
¿Y cómo nació D’Kasta?
Ahora mis hijos se van a Estados Unidos y van a ver qué se puede hacer por allá. Si ven futuro, se quedan. Si no, regresan. En vista de eso, yo les dije: vamos a hacer este sueño que siempre hemos tenido y en febrero empezamos en el comedor de nuestra casa a soltar nombres, a escoger repertorio, a armar un poco el show. Mi hijo dio un nombre, D’Kasta, y me gustó, porque viene de herencia, de linaje, de sangre.
¿Qué tan blanca es esta Diosa blanca del baile negro en este país de ingas y mandingas? 
Ah, bueno, todas somos blancas y rubias con nuestra plata. Rubias naturales ya no hay (risas). A mí me gusta el apelativo, porque obviamente no soy negra. Me hubiera encantado. Amo a la gente negra, amo la música afro, amo su tradición. Y eso es lo que yo absorbo con mi música, con mi arte, con mi canto y eso es lo que quiero demostrar en el escenario.
LA FICHA
Soy Rosaflor Vallejo Cabrera, pero me conocen como La Diosa blanca de la música negra. Nací en Lima, de madre apurimeña y padre ayacuchano. Mi madre fue la soprano de coloratura Kukulí del Perú. De niña viví junto a una familia de negros y aprendí a amar su música. Comencé mi carrera musical a los once años. He viajado por Norteamérica y Europa llevando nuestros ritmos. Ahora, he emprendido una nueva aventura: D’Kasta, un espectáculo que presentaré con mi esposo y mis hijos este sábado en mi restaurant, Ollita no’ma.
Fuente: http://www.larepublica.pe/

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