17 oct. 2016

MITOS Y LEYENDAS: Inkarri, la profecía andina del retorno del Rey Inca


Este mito andino augura en próximo retorno del Inca y la esperanza en la reconstrucción del Tawantinsuyo que fue destruido políticamente en el siglo XVI.

Se conoce como Inkarri al personaje central de un mito andino posthispánico, surgido en los Andes peruanos. El mito de Inkarri narra con complejo simbolismo la visión andina de la invasión española del Tawantinsuyo y plantea la esperanza en la reconstitución del mismo que fue destruido políticamente en el siglo XVI. Muchas personas creen en lo que el mito augura: que las partes de Inkarri se juntarán y formarán al rey inca, siendo él el nuevo emperador y cabeza del nuevo Tahuantinsuyo.
Este mito se había venido difundiendo solo por vía oral por lo que tiene diversas variantes. Las versiones que presentamos a continuación se basan en la recopilación del antropólogo Juan Ossio Acuña.

Escribe: Juan M. Ossio
La región vertebrada por la cordillera de los Andes en contraste con Mesoamérica fue el escenario de uno de los intentos de dominación y unificación política más exitosos de toda la América precolombina. Se trata de lo que hoy se conoce como “imperio de los incas”. A diferencia de los logros alcanzados por algunas culturas mesoamericanas que le fueron contemporáneas, como los aztecas o los mayas, el último Estado que se desarrolló en los Andes antes de la presencia europea logró alcanzar la expansión más amplia y vertiginosa que cualquiera de las otras culturas que florecieron en este continente. Como bien señala el historiador mesoamericanista Friedrich Katz: “Los incas desarrollaron formas de integración que hubieran ocasionado la envidia de cualquier administración romana”. (Katz, 1994, p. 41).
Siguiendo las premisas comparativas de Henri Francfort (1965) en su estudio sobre las monarquías divinas de Egipto, Mesopotamia e Israel, se podría decir que aquella que desarrollaron los incas estuvo más cercana a los dioses, mientras que la de los aztecas, por ejemplo, más a los hombres.
Aún más interesante es notar que algunas fuentes, como El Primer Nueva Coronica y Buen Gobierno del cronista indio Felipe Guamán Poma de Ayala, lo representan bajo un esquema conceptual muy semejante al modo como los chinos representaron al Tao y los egipcios al faraón. Se trata de un modelo dual donde el monarca aparece mediando entre dos principios opuestos y complementarios que aluden a una mitad alta denominada en quechua “hanan” y otra baja, conocida como “hurin”. Como tal el inca aparece como un principio metafí-sico que tiene como cualidad paradigmática esencial la unidad. Correspondientemente uno de sus epítetos es “sapan”, que quiere decir el único.
Esta posición que Guaman Poma le otorga al inca es muy semejante a la que el cronista indio Juan de Santa Cruz Pachacuti le otorga al dios Viracocha, en su condición de divinidad suprema, en una representación cosmológica que según este cronista existió en el altar mayor del templo del sol o Coricancha.
No es de extrañar por lo tanto que la extinción de los monarcas incas asociado al ajusticiamiento de Atahuallpa y Túpac Amaru I, paulatinamente fue creando la idea de un derrumbamiento cósmico que como he tenido oportunidad de ver en otras ocasiones llevó a que la conquista fuese vista no tanto como un acontecimiento histórico sino como uno de aquellos cataclismos que ocurrían cada 500 años y que se denominaron “Pachacútec” (Ossio, 1970, 1973, 1977). Correspondientemente, poco a poco la muerte del inca ingresará al imaginario popular perpetuándose hasta nuestros días ya sea en pinturas, representaciones teatrales, poemas y en el mito de Inkarrí. Un detalle interesante en todos estos casos, que debe encerrar un gran valor simbólico, es que, al margen del hecho histórico, el inca figura decapitándosele.
El nombre Inkarrí es una contracción de la palabra “Inka” y la palabra “Rey”, es mi impresión que su origen se halla en El Primer Nueva Coronica Buen Gobierno de Felipe Guaman Poma de Ayala.
Así, en el pueblo de Puquio, provincia de Lucanas, departamento de Ayacucho, donde por primera vez se recogió este mito, no existe el menor trazo de que alguna vez se materializará dicha representación. Además, en la medida que el mito discurre sin mayor interferencia de la escritura, como es el caso del drama, su rango de variabilidad es mucho mayor. Así, es posible notar que unas versiones, particularmente las ayacuchanas, tienen un mayor sesgo mesiánico, mientras que las cusqueñas, sin excluir la presencia de esta tónica en algunas de sus versiones, enfatizan el lado fundacional del mito y la contraposición entre dos etnias lugareñas.
A mediados de la década de los años 50, casi de modo simultáneo, cuatro connotados antropólogos peruanos tuvieron la oportunidad de escuchar, en regiones bastante apartadas, unas historias que tenían por personaje central a un ser con poderes sobrenaturales que recibía el nombre de Inkarrí. Dos de ellos, el etnomusicólogo Josafat Roel Pineda y el también reconocido novelista José María Arguedas, lo hicieron en el ya mencionado pueblo de Puquio. Los otros, Oscar Núñez de Prado y Efraín Morote Best, lograron este cometido en la comunidad cusqueña de Q'eros ubicada en la provincia de Paucartambo.
De todas estas versiones las que alcanzaron mayor popularidad por su sabor mesiánico fueron las recogidas en Puquio. Tan impactantes fueron que casi de inmediato motivaron un artículo del sociólogo francés François Bourricaud donde decía que estos mitos tenían, por un lado, el valor de fijar la posición de Inkarrí como héroe en el que se representa la historia indígena frente al cristianismo y, por otro, ser testimonio ”...revelador de la manera como el pueblo indígena imagina espontáneamente su propio destino”. (Bourricaud, 1956, p 187).
En las versiones recogidas por José MaríaArguedas y Josafat Roel Pineda en Puquio se decía que:
Inkarrí fue el hijo de una mujer salvaje y que su padre fue el sol. Además se añadía que tuvo tres mujeres y que su obra podía verse en Aqnu, en la pampa de Quilcata donde hasta la actualidad los indígenas dicen ver que el vino, la chicha y el aguardiente están hirviendo. Correspondiendo con su origen divino se le atribuía el poder de arrear y ordenar las piedras hacia las alturas con un azote y de haber fundado una ciudad. También se le otorga la capacidad de encerrar el viento en el Osqonta, el grande, y de haber amarrado al sol en el Osqonta pequeño para que durara el tiempo o el día a fin de que pudiera terminar lo que debía hacer. Desde el Osqonta, el grande, le atribuyen haber arrojado una barreta de oro para determinar el sitio donde fundar el Cusco. No cupo en la pampa de Qelqata por lo que siguió su camino hasta donde se asentó la capital de los incas. A continuación se narra que el inca de los españoles apresó a Inkarrí, su igual, y le cortó su cabeza. Ésta existe todavía y de ella está creciendo su cuerpo. Cuando esté completo volverá, siempre y cuando Dios dé su consentimiento. En otra versión se dice que llegado este momento se producirá el Juicio y aún en otras se menciona que como murió ya su ley no se cumple ni se conoce, o que al morir ocultó el oro y la plata en siete estados.
A diferencia de estas versiones las que recogieron Oscar Núñez del Prado y Efraín Morote Best en el Cusco carecían de este contenido mesiánico. Ellas tendían a repetir lo que decían los antiguos mitos fundacionales cusqueños. Así, en la recogida por Núñez del Prado se decía que:
Era un tiempo en que no existía el sol, y moraban en la tierra hombres cuyo poder era capaz de hacer marchar a voluntad las rocas o convertir las montañas en llanuras, con el solo disparo de sus hondas. La luna irradiaba en la penumbra, iluminando pobremente las actividades de aquellos seres conocidos con el nombre de “ñaupa-machu”. Un día el Roal, o espíritu creador, Jefe de los Apus, les preguntó si querían que les legara su poder. Llenos de soberbia, respondieron que tenían el suyo y no necesitaban otro. Irritado por tal respuesta, creó el sol y ordenó su salida. Aterrados los “ñaupa” y casi ciegos por los destellos del astro, buscaron refugio en pequeñas casas, la mayoría de las cuales tenían sus puertas orientadas hacia el lugar por donde habría de salir diariamente el sol, cuyo calor los deshidrató, paulatinamente, convirtiendo sus músculos en carnes resecas y adheridas a los huesos, y son ahora los soq'as que salen de sus refugios algunas tardes, a la hora en que el sol se pone en el ocaso o en oportunidades de luna nueva.
La tierra se volvió inactiva y los Apus decidieron forjar nuevos seres. Crearon a Inkarrí y Qollarí, un hombre y una mujer llenos de sabiduría. Dieron al primero una barreta de oro y a la segunda una rueca, como símbolos de poder y laboriosidad.
Inkarrí había recibido orden de fundar un gran pueblo en el lugar en que arrojada la barreta quedara enhiesta. Probó la primera vez y cayó mal. La segunda fue a clavarse entre un conjunto de montañas negras a las orillas de un río. Cayó oblicua y sin embargo decidió levantar un poblado que fue el de Q'eros. Las condiciones no eran muy propicias y en la misma región creyó conveniente alzar su capital, empeñándose afanosamente en la construcción de lo que hoy son las minas de “Tampu”. Fatigado de su labor, sucio y sudoroso, quiso bañarse, pero el frío era intenso. Decidió entonces hacer brotar las aguas termales de “Upis”, construyendo unos baños que aún existen.
Inkarrí levantaba su ciudad contraviniendo el mandato de sus Apus, y éstos, para hacerle comprender su error, permitieron que los “ñaupa”, que observaban llenos de envidia y rencor a Inkarrí, cobraran nueva vida. Su primer deseo fue el de exterminar al hijo de los espíritus de las montañas. Tomaron gigantescos bloques de piedra que los hicieron rodar por las pendientes, en dirección al lugar en que él trabajaba. Aterrado, Inkarrí huyó despavorido hacia la región del Titicaca, lugar cuya tranquilidad le permitió meditar. Volvió de nuevo con dirección a Vilcanota y deteniéndose en las cumbres de La Raya lanzó una barreta por tercera vez y esta fue a clavarse vertical en el centro de un valle fértil. Aquí fundó Cusco, radicando en él por largo tiempo.
Q'ero no podía quedar olvidado, y el primogénito de sus hijos fue enviado allá para poblarlo. Sus demás descendientes se esparcieron por diferentes lugares, dando origen a la estirpe de los incas. Cumplida su labor, decidió salir nuevamente en companía de Qollarí, para enseñar a las gentes su saber y, pasando nuevamente por Q'ero, se internó en la selva, no sin antes dejar testimonio de su paso en las huellas que se ven en “Mujurumi” e “Inkaq Yupin”.
Como es evidente, este mito es altamente reminiscente de aquel que proporciona el inca Garcilaso de la Vega en sus “Comentarios Reales” sobre la fundación del imperio incaico por Manco Capac y Mama Ocllo (Según esta versión el Sol hizo salir a sus hijos Manco Capac y Mama Ocllo del Lago Titicaca). Los matices diferentes que encierra, por otro no son discrepantes con otros temas que forman parte del patrimonio de la cosmología andina. Por ejemplo aquí está presente aquella época de oscuridad que se asocia con los inicios del mundo. Igualmente la presencia de humanidades que desaparecen como consecuencia de cataclismos cósmicos como puede ser el calor intenso producido por el sol; la asociación de una primera humanidad con seres que pueden ser identificados con lo que se conoce como “gentiles”; también la figura de una divinidad suprema que en este caso no puede ser el sol, por la presencia de aquel periodo de oscuridad, sino lo que al parecer son montañas o una montaña conocida como Apu Roal que cumple el rol de divinidad tutelar de los Q'eros al igual de lo que serían otras montañas para otras localidades en la época contemporánea.
Otras versiones recogidas posteriormente en esta misma zona por Thomas Müller (1984) guardan semejanza con las mencionadas. Pero si bien es el tema fundacional y civilizador el que prima en estas versiones, el mesiánico no era totalmente ignorado. Así, por ejemplo, en una de las versiones el informante, señala:
cuando termine este tiempo vamos a ser de cualquier manera entre muertos y vivos, así sean mistis o jóvenes. Y así, hemos de ser iguales o cómo todavía será en este tiempo del encuentro. Estaremos en el tiempo del encuentro y cuando termine entonces aparecerán hombres diferentes. El sol sale ahora de aquel lado, pero entonces saldrá de este otro lado, será de abajo, será de arriba o ya también será así.
Luego para concluir se interroga:
Ahora ¿cómo será? En el tiempo que sobra ¿vendrá o no el tiempo de nuestro Inka? ¿cómo será?.. .Dicen que ahora ya se está levantando. Por ahora, solamente su cabeza está brotando; ya se está levantando y, cuando se levante, ahí sí, desde los españoles, los últimos hijos, van a agacharse como nosotros; van a trabajar.
Creo que ese tiempo ya vamos a volver, así parece ya; ya no hay hacendados y cuando nos manden a hacer algo va a ser con su dinero; así van a hacer trabajar, claro. Ya nos estamos pareciendo a ese tiempo, así dicen. Inkarrí ya se está levantando poco a poco y, cuando se levante definitivamente, el tiempo del misti español, el tiempo del hacendado español se ha de terminar (Ibid., p. 134, 136).
Las versiones del mito de Inkarrí son pues numerosas, como ya hemos indicado, y seguirán acrecentándose a medida que los estudiosos sigan interesándose en ellas. De la gama que conocemos hasta el momento hemos podido identificar ciertas notas que son bastante recurrentes. Una de ellas es la condición divina del héroe mítico la cual se advierte tanto en el modo como se origina como en las habilidades que ostenta. En cuanto a lo primero es frecuente que se diga que es el producto de la unión del sol con una mujer. Es decir, entre una divinidad celestial masculina y un ser humano de sexo femenino que es terrestre y asociado con una condición y ámbito no social. Así, de la mujer se dice muchas veces que es salvaje, tonta y se la vincula con el pastoreo que se realiza en el ámbito de la puna. Se trata pues de una metáfora, que redunda en muchos contextos de la sociedad andina que en última instancia alude a la unión de los principios “alto” y “bajo” con que el dualismo andino tiende a organizar el universo.
De acuerdo a la división andina del tiempo en tres edades Inkarrí no puede ubicarse en la edad del Padre, o primera edad, pues está reservada para representar lo no-social. Por consiguiente la posición que normalmente ocupa es la segunda edad, o la del Hijo, que es también la de la humanidad viviente. Sin embargo, por asociarse con el pasado incaico y haber sido muerto por los españoles, los informantes tienden a ser un poco ambiguos. Por esto en ocasiones da la impresión de que la segunda edad se desdoblara en dos partes o que añadan la existencia de una cuarta y hasta una quinta parte.
Los minerales preciosos como el oro, la plata y el cobre, actúan como fuente de atracción de los europeos. Así pues, tratando de apoderarse de ellas es que los españoles dan muerte al inca, pero a la vez liberan los males que devastan al mundo pues al buscarlas abren unas cuevas donde estos males estaban encerrados. La muerte de Inkarrí es por decapitación. En la medida que la opción por esta forma de ejecución no parece descansar en premisas históricas es posible pensar que lo que está detrás son consideraciones simbólicas, donde la imagen de una cabeza cercenada se convierte en un instrumento apropiado para sugerir una idea de desequilibrio o caos y deja abierta la posibilidad de una resurrección a partir de su enterramiento en un santuario apropiado, como puede ser la catedral del Cusco. De aquí que la esperanza mesiánica en el retorno del inca, y el ordenamiento social que su presencia trae aparejada, sea frecuentemente presentada en términos de una reconstitución del cuerpo a partir de la cabeza de Inkarrí.
La esperanza del retorno del inca ha motivado, tanto en la época colonial como en la republicana, un conjunto de movimientos mesiánicos entre los que se cuentan el de Juan Santos Atahuallpa, de 1742, que se expandió tanto en la sierra como entre algunos grupos amazónicos de la selva central, o el de José Gabriel Condorcanqui, apodado Túpac Amaru, que sacudió el corregimiento de Tinta y, en general, el sur cusqueño y parte del altiplano en 1780. Hoy, sería difícil que protestas tan radicales como las que se enarbolaran en aquellos movimientos pudieran hacerse en el nombre del retorno del inca.
Datos
*El inca era para los andinos una divinidad suprema como lo fue el faraón para los egipcios, o como lo es Jesucristo para quienes practican el cristianismo. En este caso comparativo; el inca era hijo del Dios sol, la luz, la fuente de la energía vital; mientras que Jesucristo es el hijo de Dios (del latín deus), término que expresa ‘luz’, ‘día’. Los cristianos esperan el regreso de Jesucristo, del mismo modo los andinos esperan el regreso de Inkarri para restaurar el orden cósmico y el Tawantinsuyo.
*Cuentan los cronistas que una profecía similar le fue anunciado al inca Huayna Cápac, mucho antes de la invasión española, augurando su muerte y la destrucción de su imperio, tal profecía se cumplió a cabalidad. ¿Esta profecía andina también podrá cumplirse? Los años venideros nos darán la respuesta.
Fuentes:
Arguedas, José María y Roel Pineda, Josafat, “Tres versiones del mito de Inkarrí”, en Ossio, Ideología Mesiánica del Mundo Andino, Lima, Ignacio Prado Pastor, 1973.
Arzans de Orzúa y Vela, Bartolomé, Historia de la villa imperial de Potosí, [1735] edición de Lewis Hanke y Gunnar Mendoza, 3 v., Rhode Island (Imprenta Nuevo Mundo en México) Brown University Press, 1965. En Pease, Franklin, “Notas sobre Literatura Incaica, en Historia y Cultura, n. 16, 1983.
Bourricaud, François, “El mito de Inkarrí”, en Folklore Americano, año iv, n. 4, 1956.
Este artículo fue publicado originalmente en www.books.openedition.org
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1 comentario :

Amaru Uscamaita dijo...

Hemos vuelto y somos millones. Haylli Tawantinsuyo Marka