MITOS Y LEYENDAS: Tatú y su capa de fiesta (leyenda aimara)


Pachamama jamás se entromete, pero sabe iluminar la mirada de sus criaturas. Y así lo hizo con Tatú y su bello caparazón, y así el mundo fue equilibrado.

Pachamama contempla a sus criaturas. Siempre. Y lo mismo pasó aquella vez, tan importante para Tatú y para Zorro.

La fiesta era en luna llena. Todos en el Altiplano se preparaban para ir: los flamencos acicalaban sus plumas. La vicuña se cepillaba el pelo. El surí estiraba su cuello, para verse elegante. Los cóndores –fiu, fiu- practicaban su vuelo para dar un espectáculo esa noche, que habría luz.
─¡Hasta el lago estará bello! ─pensaba (¡pobre, Tatú!) que había visto qué bien le quedaba, al Titicaca, el resplandor de la luna.
Y Pachamama lo escuchó lamentarse por no tener plumas, ni pelo, ni cuello, ni alas que le permitieran lucirse en ningún vuelo, ni siquiera una piel que resplandeciera, como el agua, en noches de luna llena.
Pachamama jamás se entromete, pero sabe iluminar la mirada de sus criaturas. Y le hizo ver, entonces, una araña pequeñita a la entrada de su cueva. Iban y venían las patitas con rapidez, al ritmo de la disciplina, y una trama invisible se reveló a trasluz. ¡Una trama tan bella! Con hilos que parecían del agua del rocío. Tan resistentes, tan frágiles: a la vez.
─¡Me tejeré un manto! ─dijo Tatú, y la araña pequeña  se convirtió en maestra.
Tatú tejía y tejía por las mañanas y por las tardes. Dormía un poco a la noche, y otra vez a tejer. La trama iba quedando preciosamente firme y ya no se entristecía si pensaba en la fiesta. Porque llevaría su capa. Porque todos admirarían, también, algo en él.
Y así, muy concentrado ─yendo y viniendo la puntada─ lo encontró  Zorro. Que, por supuesto, le preguntó qué estaba haciendo. Y Tatú le contó.
─¿Y llegarás a terminar para esta noche? ─ensayó una broma Zorro, que sabía muy bien cuánto faltaba para la luna llena.
─¿Esta noche? ¿Cómo, esta noche? ¡No puede ser esta noche, la fiesta!
─¡Pero qué pena! ─siguió bromeando Zorro─ ¡Te hubiera quedado tan bien! Tal vez en otra fiesta…
Pachamama observaba, muy seria, la escena. Le gustaban las bromas, pero no cuando se tejían con el sufrimiento de los demás: y Tatú estaba triste por la broma de Zorro. ¡Ay, Pachamama, que nunca te entrometes, pero pones el Universo al servicio de tus criaturas!
Tatú empezó a dar puntadas mucho más flojas y tuvo que elegir un hilo más grueso para terminar más rápido su capa. Así, aunque le había quedado  apretadita en el cuello por las puntadas delicadas de los primeros días, la capa estaba sueltísima en la espalda. Pero a Pachamama no le pareció mal. Y a Tatú tampoco. Y con el manto puesto, salió apurado de su cueva.
Tan apurado que ni siquiera se dio cuenta de que arriba la luna estaba en cuarto creciente.  Mucho menos se dio cuenta de que llovía, y con los pasos largos que daba no tardó en tropezar. La hermosa capa quedó bañada en lodo, pero Tatú ni tiempo tuvo tiempo de lamentarse y continuó su viaje. Pachamama observaba.

Cuando Tatú llegó al lago, lo encontró silencioso. No había flamencos con plumas acicaladas, ni largos y preciosos cuellos de suríes, ni cóndores que llenaran de vida el cielo, ni vicuñas peinadas. Ni siquiera Zorro (¡ladino!) estaba allí.
Y llorando de bronca, Tatú se quedó dormido. Pachamama lo arrulló con el cri cri de los grillos. Y toda la noche se quedó con él.
El sol de la mañana fue secándole el manto que, como una roca, le pesó en la espalda. Pero Tatú no se entristeció porque ─misteriosamente─ solo pudo concentrarse en las ventajas: vio las águilas que estaban sobrevolando. Que  habían sobrevolado también cuando él estaba dormido: ¿cómo fue que ninguna se atrevió a lastimarlo?
─¡Ja, más vale que no me toquen, y preserven su pico! ─se rió mientras, toc toc, palmeaba su capa con sobrado orgullo ─¡Ya me gustaría ver a Zorro clavándome sus garras!
Y entonces los habitantes del Titicaca empezaron a despertar. Y todos le elogiaron su magnífico manto:
─¡Qué original la trama! ─opinó un ratón.
─¡Si atrás parece que se suelta! ─dijo la llama.
─¡Eres buen tejedor! ─reconocieron los grillos, que hablaban en coro.
─ ¡Muy bien! ─exclamó la lagartija antes de quedarse petrificada al sol.
Y Pachamama lo vio llegar a Tatú, unos días después, a la gran fiesta. Y hasta la araña admiró su bella caparazón. Y Tatú ya no quiso quitársela jamás.
Cada vez que se encuentra con Zorro lo saluda, agradecido. Y Zorro se retuerce de la bronca: ¿quién lo mandó a meterse, aquel día, en la cueva? Si no fuera por eso, los tatúes andarían por el mundo desprotegidos. Y los zorros podrían clavarles, fácilmente, sus manazas. Y Pachamama lo escucha rezongar. Y Pachamama sonríe, cuando lo ve resoplando. Cuando lo ve a Tatú, rodando hasta su cueva.
Y el mundo, así, se va equilibrando. Porque es sabia, Pachamama. Porque es sabia,  nuestra Madre Tierra.
Fuente: Este artículo fue publicado en www.solsilvestre.wordpress.com
Ilustración: www.artesaniasalta.obolog.com
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Autor FÉLIX RODRI

Artista, folclorista y activista político/cultural. Apasionado investigador y difusor de la cultura peruana. Editor en jefe de la Revista Virtual Perú Folklórico y colaborador en otras plataformas similares.
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