6 mar. 2017

ARQUEOLOGÍA: Las poderosas mujeres sacerdotisas que gobernaron el antiguo Perú


En las últimas décadas los arqueólogos han hallado las tumbas de varias mujeres, entre ellas una niña cubierta de joyas. Lo más llamativo de estos hallazgos es su ajuar, junto a ellas se han hallado coronas, máscaras y orejeras de oro, pectorales perfectos de metales preciosos. Vasos de plata, báculos y cetros. Todo lo que las acompañaba  no es más que la manifestación del poder que representaban. ¿Entonces ya podemos decir que varias de las mujeres más poderosas en la historia del Perú son originarias del norte?

Escribe: Íñigo Maneiro
En el museo de la Universidad de Denver, Estados Unidos, hay un vaso de plata repujada que debería estar expuesto en el Perú. Está cubierto de dibujos y escenas que resumen la historia de una pirámide de barro trunca, de 40 metros de altura, que se encuentra en el interior del bosque seco lambayecano rodeada de algarrobos, espinos y campos de cultivo. Si proyectásemos todos esos diseños que cubren la base y las caras del vaso de Denver en su totalidad, tendríamos una especie de mapa del tesoro, en que aparecen personajes, símbolos, iconografías y detalles que los arqueólogos descubrieron —como ha ocurrido con otros vasos y en distintos enterramientos— en esa huaca que tiene forma de t.

En los años noventa, Christopher Donnan había encontrado, en la parte norte de la huaca de adobe, pinturas murales, mobiliario y enseres que indicaban la existencia de un trono. El principio de dualidad de las sociedades precolombinas —a un elemento le corresponde su opuesto con el que se complementa— hizo sospechar al arqueólogo Carlos Wester que, en la parte sur, habría un enterramiento de élite. El vaso de Denver de 17 centímetros cuenta la historia de Chornancap —el nombre que tiene el enterramiento—, de la sacerdotisa que encontraron dentro y de gran parte de la cultura lambayeque, también conocida como sicán.
Figurillas de sacerdotisas halladas en 2015 en el sitio de Vichama, pertenecientes a Caral.
(Ministerio de Cultura)
—Tumbas reales—
Antes de esta cultura ya se conocían mujeres que pertenecían a las más altas jerarquías del poder. Algo que atraviesa todas las culturas y épocas del Perú. Régulo Franco encontró a la Dama de Cao (La Libertad, km 604 Panamericana Norte) en un fardo funerario de unos 100 kilos de peso formado por casi 30 capas de mantos, vestidos y adornos metálicos. Le sorprendió el excelente estado de conservación en que se encontraba la momia —de una mujer de 25 años que falleció por complicaciones en el embarazo—, y su cuerpo cubierto de tatuajes de arañas, monos, serpientes, felinos y aves, realizados con un compuesto del mercurio llamado cinabrio.
Luis Jaime Castillo y Christopher Donnan descubrieron en diferentes cámaras funerarias de gran tamaño, ubicadas en San José de Moro, Chepén (La Libertad, km 761 Panamericana Norte), varias sacerdotisas adornadas con riquísimos ajuares, entre las que había por lo menos una niña. También encontraron restos en los que se evidenciaban producciones masivas de chicha y de alimentos, que podrían responder a encuentros de personas que llegaban a este sitio de La Libertad por motivos religiosos vinculados a las sacerdotisas.
Representación de la sacerdotisa de Chornancap, quien fue hallada en una tumba
acompañada de ocho mujeres jóvenes. (Archivo El Comercio)
En Nasca (km 451 Panamericana Sur) hay 34 pirámides de adobe cubiertas por las arenas del desierto en un área equivalente a unos 2.400 campos de fútbol profesionales. El arqueólogo italiano Giuseppe Orefici ha desenterrado una de esas pirámides en Cahuachi y ha encontrado tejidos, cerámicas, restos de cultivos y miles de pedazos de antaras de cerámica. Todas estas piezas se observan en un magnífico museo del centro de la ciudad: el Antonini. Parece que Cahuachi fue el epicentro más importante de los nasca, a donde llegaron personas de otras latitudes y desde donde se idearon las líneas que se observan en avioneta. En una posición privilegiada dentro de la pirámide, Orefici halló la momia de una niña. Estaba cubierta de joyas, rodeada de cerámicas en miniatura y tenía una nariguera de oro que tapaba su cara coloreada de rojo. Además, la envolvía un tejido que tenía pinturas y bordados de orcas, la máxima divinidad de los nasca junto al felino.
Lo más llamativo de estas mujeres es su ajuar, además de todo lo que las acompaña, que no es más que la manifestación del poder que representaban. En sus tumbas se han obtenido coronas, máscaras y orejeras de oro. Tejidos y cerámicas finísimas que llegaban como ofrendas de la sierra. Pectorales perfectos de metales preciosos. Vasos de plata, báculos y cetros. Lapislázulis originarios de Chile y ojos de tigre de Brasil. Collares elaborados por miles de cuentas diminutas de spondylus, la concha roja y blanca que vive en las cálidas aguas entre Tumbes y Centroamérica y que se consideraba sagrada desde el Arcaico. El spondylus, conocido como mullu y asociado a enterramientos de élite, está presente en las iconografías de tejidos y cerámicas de varias culturas, y con su polvo, después de molerse, se rociaban los caminos, como señal de purificación, por los que pasaban los gobernantes y gobernantas de la época. En torno a este bivalvo, asociado por su forma a la vagina, se crearon larguísimas rutas de intercambio entre Chile y Centroamérica, y parece, según María Rostworowski, que la conquista inca de Tumbes y Piura era para asegurar y controlar la producción de las conchas.
Además de esa exhibición de oro y fastuosidad que adornan a las poderosas del antiguo Perú y que se puede observar en los museos de sitio respectivos, y en los de Brüning y Tumbas Reales, esas mujeres no estaban solas. En ocasiones estaban acompañadas por séquitos de niños, hombres y otras mujeres, o también llamas, el animal que transporta al muerto al lugar de los ancestros.
Incluso antes, en el periodo formativo, se hallaron enterramientos de mujeres de la élite, como la que encontró el japonés Yuji Seki en Pacopampa, una señora con el cráneo deformado, un rico ajuar de oro y conchas marinas, rodeada por una gran cantidad de ofrendas. Y si nos vamos más atrás seguiremos observando representaciones de lo femenino, vinculado al poder político, religioso y ritual: desde que los grupos nómadas adornaban las paredes de las cuevas y las montañas con pinturas rupestres y petroglifos, como los que estudia Santiago Rivas en el corazón de la selva que rodea Balsapuerto (Loreto), donde se aprecian batracios preñados —animales asociados a su vez a ritos para obtener lluvia— y siluetas de mujeres con tocados.
Para responder  la pregunta sobre las mujeres en la cultura lambayeque, Carlos Wester y su equipo debían excavar en la parte sur de Chornancap, donde encontraron al personaje con ojos en el cuerpo y corona de serpientes en la cabeza que aparece en las iconografías del vaso de plata de Denver.
El vaso de Denver, donde se cuenta la historia de Chornancap y de gran parte de la cultura
 lambayeque, también conocida como sicán.
—Las sacerdotisas y sus ofrendas—
Cuando descubrieron a la mujer de Chornancap, esta miraba al este, que es el territorio de la luna, y se ubicaba de espaldas al mar. Estaba enterrada a 60 centímetros por encima de un hombre que tenía perlas y un collar de spondylus, y que estaba acompañado de dos jóvenes. Este enterramiento superpuesto era algo inédito en la arqueología peruana. El hombre se encontraba junto a la capa freática, el agua, el elemento del que nacieron los spondylus que llevaba en el cuello. Quizá por su ubicación y sus ornamentos podía tratarse del buzo especialista en obtener esas conchas.
La sacerdotisa tenía ofrendas que venían de regiones lejanas, como los pectorales elaborados con conchas ecuatorianas y el oro de sus joyas que provenía de la selva del Marañón, donde viven los jíbaros, los aguarunas y los huambisas. Estaba acompañada de ocho mujeres jóvenes y un camélido. Su cuerpo aparecía cubierto de anillos, brazaletes y pectorales, hechos de oro y piedras semipreciosas. Junto a ella, había copas, un cáliz, cetros y más perlas. Estaba cubierta de mantos que tenían 90 discos cosidos y cuyos significados remiten a la luna. Su ajuar incluía tocados, orejeras de oro con grabados de olas y cactus sampedro, collares de spondylus, cerámicas en miniatura, un cuenco de plata repujada con serpientes y jaguares, y una corona en la que se aprecia un ave cayendo en picada. Muchos de esos símbolos remiten al relato de Naylamp, el dios fundador de los sicán, y sitúan a la sacerdotisa en la cúspide del poder entre ellos.
El descubrimiento de Carlos Wester no solo completa la historia cultura del norte del país con el desenterramiento de un personaje de la élite. Corrobora algo que se hunde en la noche de los tiempos: en las sociedades precolombinas las mujeres han participado del poder más alto igual que los hombres. Quizá menos importante sea el nombre que los arqueólogos le dan a ese poder, que es el tema en el que más discrepan: ¿eran sacerdotisas?, ¿reinas?, ¿curacas?, ¿chamanas?, ¿diosas?
El norte ha sido especialmente próvido de ese poder femenino: no solo por las mujeres de Chornancap, Cao o San José de Moro. También porque, en muchas representaciones de cerámicas, frisos, vasos de plata, relatos, figurines, telares, murales, etc., lo femenino ha ordenado, dirigido y completado de significado el mundo en que los antiguos se encontraban. Se las ve en dibujos montadas en la luna, copulando con jaguares, el animal divino por excelencia, rodeadas de personas y adornadas con tocados y coronas.
Es muy probable que el entorno en que se desenvolvieron esas culturas tuviese una influencia determinante para que varias de las mujeres más poderosas en la historia del Perú sean originarias del norte.
Collar de oro perteneciente a la señora de Cao. (Archivo El Comercio)
—La dualidad y el territorio de la luna—
Unos siete mil años atrás, grupos nómadas recorrían el valle lambayecano, que se extiende desde el generoso océano Pacífico hasta la cordillera en torno a Olmos. La geografía, ubicación y clima que posee lo hacen uno de los valles más fértiles, desde el punto de vista agrícola, del mundo. Ahí se domesticaron plantas que, a medida que se cultivaban, provocaron la sedentarización de los grupos, lo que permitió mucho después el nacimiento de esas poderosas y fascinantes culturas cupisnique, moche, chimú o sicán, que se dedicaron más al arte, la ingeniería y los viajes, que a la guerra y los intereses imperialistas.
El salto del nomadismo, vinculado al fuego y a los grupos de cazadores, al sedentarismo de los cultivos facilitó la emergencia de las mujeres y su identificación con la tierra y la luna como divinidades femeninas. Como la madre tierra, las mujeres eran las proveedoras y las que alimentaban al grupo con las plantas de cultivo. Actividades que eran una extensión de las tareas de recolección en las que ellas destacaban desde hacía miles de años. A su vez, los cultivos dependen de la luna. Esta rige las mareas, las lluvias, los ciclos de las plantas y, además, se la vincula a los periodos menstruales. Desde los tiempos más antiguos, la tierra y la luna se convirtieron en territorios femeninos, es por eso que la sacerdotisa deChornancap se ubicaba de espaldas al mar (el espacio masculino) y miraba a la luna (el territorio femenino).
No son comunes los templos dedicados a la feminidad. Pero tampoco lo eran los destinados al dios Inti. Quillarumiyoq, “el lugar de la roca dedicada a la luna”, está ubicado en las partes altas de Ancahuasi, a 45 km del Cusco (km 921 IIRSA Sur). En el sitio hay terrazas, canales de agua, una cueva con petroglifos y pinturas en mal estado de conservación, y una roca que destaca por su tamaño. Tiene grabado un diseño único en los Andes: un semicírculo perfecto que incluye ocho tallas cuadrangulares que podrían indicar las fases de la luna. Parece que Quillarumiyoq era un centro de culto a Quilla, la diosa de las plantas, el firmamento y los cultivos, la protectora de las mujeres y la que les enseñaba a tejer.
Todo esto, en el norte, centro y sur, en la costa, sierra y selva, se basa en el principio de la dualidad que define las cosmovisiones de las culturas precolombinas: sol y luna, hombre y mujer, dentro y fuera, arriba y abajo, tierra y mar. Opuestos que se complementan y que, juntos, forman entidades nuevas. Este concepto se observa de manera clara en Ventarrón, a 40 kilómetros de Chiclayo.
Cuando Ignacio Alva descubre huaca Ventarrón resuelve otro vacío que existía en las culturas del norte del país. En torno a Ventarrón se asentaron hace cinco mil años los primeros agricultores para cultivar pacaes, zapallos, pallares, camotes y algodón, que utilizaban para preparar redes de pesca. Además de esos cultivos, Alva ha encontrado una trompeta hecha de caracol tumbesino y una momia de guacamayo amazónico que muestran cómo, desde las épocas más remotas, los locales seguían rutas de intercambio con otros puntos lejanos de la costa, y con la selva, a través del Abra Porculla, el cruce andino más bajo.
Era tan importante Ventarrón que por primera vez en América se pintaron murales policromados (2.600 a. C.) en los que, en el mismo nivel, el dualismo masculino femenino está presente. En una de la salas se observa un muro cubierto de dos franjas rojas que delinean una blanca, lo que recuerda a la bandera peruana. Para Alva, el blanco masculino designa el color del semen y los huesos; y el rojo femenino, la sangre y la menstruación. En el recinto más grande de la huaca, se observa el mural más antiguo de todos: un venado atrapado en una red, que es la preocupación de estas incipientes sociedades agrícolas de cuidar sus cultivos de los animales que rondaban los valles. En este recinto, en los muros de barro inferiores y más antiguos, se observa dos altorrelieves: uno de ellos son dos pescados puestos uno contra el otro encima de un fogón; y, en el otro extremo de la sala, una zarigüeya. El primero remite a símbolos y espacios masculinos, como el mar y el fuego. La zarigüeya conecta con lo femenino: es un marsupial que lleva a las crías en la bolsa y está asociada a la tierra.
—El poder de los diferentes—
Para Ruth Shady no eran sociedades matriarcales, sino un mundo basado en la reciprocidad y la complementariedad de los opuestos: cuando a la mujer le tocaba ejercer el poder, simplemente lo ejercía. En una cosmovisión basada en la dualidad se valora, precisamente, la diferencia: de géneros, funciones o capacidades. Porque solo las diferencias alimentan y crean nuevas y más poderosas entidades. El poder, más que títulos, es la manifestación de esa complementariedad, el ejercicio de la dualidad.
Cuando llegaron los españoles se encontraron con una realidad diferente a la de Europa del siglo XVI. Llegaron más preocupados por enriquecerse (la naturaleza y el otro como objetos) y evangelizar. Su punto de vista era el del dios único (frente a la multiplicidad de divinidades) y antropocéntrico (frente a cosmovisiones que humanizaban y dotaban de alma a la naturaleza). Y esto, no es de extrañar, provocó una fractura. La historia antigua está ahí para admirarse de ella y poder transformar el hoy.
Muchos de estos trabajos son incipientes y son pocas las conclusiones finales, y más en un país tan complejo como el Perú. Toca a los arqueólogos, a pesar del escaso apoyo que reciben, ir más allá de sus destinos de investigación y entender mejor cómo fueron esas relaciones a lo largo de las regiones del país, entender mejor las iconografías y relatos, completar las genealogías de dioses y autoridades con nuevos descubrimientos, en los que siempre aparecen las mujeres.
Fuente: Este artículo fue publicado originalmente en www.elcomercio.pe/eldominical
Puedes revisar el artículo original AQUÍ.
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