2 abr. 2017

ARQUEOLOGÍA: El Niño que arrasó Maranga


Los arqueólogos han descubierto que los antepasados de los limeños sufrieron un monstruoso fenómeno de El Niño hace 14 siglos. Lo interesante es que lograron salir adelante. La catástrofe fue un impulso para su posterior esplendor.

Escribe:Roberto Ochoa
Apenas si tuvieron tiempo para trepar a las pirámides y evitar el enorme huaico de lodo y piedras que arrasó sus viviendas, derrumbó los edificios administrativos y borró del mapa sus extensos campos de cultivo.

Días antes, estos mismos sobrevivientes habían contemplado con temor los enormes nubarrones y los relámpagos que estallaban en las cumbres de los contrafuertes andinos. Bandadas de aves cubrieron el cielo buscando las zonas altas, mientras que los animales domésticos se mostraban inquietos en sus corrales y las serpientes, sapos y lagartijas emergieron desde sus escondrijos como si escaparan de un terror subterráneo. Hacia oriente, las lluvias propias de el fenómeno El Niño cayeron como cortinas de agua y el diluvio cargó el curso de los ríos Rímac, Chillón, y Lurín hasta provocar el colapso de los enormes canales de agua que los prósperos pobladores de Maranga habían construido en todo el valle bajo el actual territorio de Lima Metropolitana.
Pero no fue el fin del mundo para los pobladores de la Cultura Lima. Fue un pachacuti que marcó un renacer de su cultura.
Esta hecatombe ocurrió hace aproximadamente 14 siglos y no solo cambió el paisaje natural de la Cultura Lima. También afectó a los contemporáneos Moches que habitaban los valles costeros, desde Tumbes hasta Áncash.
La doctora Ana Cecilia Mauricio ha investigado y escrito sobre este monstruoso fenómeno que afectó la costa peruana en el año 600 de nuestra era.
En aquellos años, la denominada Cultura Lima tuvo como epicentro político y administrativo la zona de Maranga, y su área de influencia se extendía desde el valle de Chancay hasta el de Lurín. Los huaicos e inundaciones dejaron sus huellas, como estratos de lodo y piedras, en las pirámides de Maranga y también en el denominado Templo Viejo de Pachacámac.
“Sin embargo, lejos de ser una catástrofe, El Niño parece haber sido una oportunidad para los Lima”, sostiene la doctora Mauricio, experta en Geología del Cuaternario.
“No solo trataron de menguar su impacto, sino que incluso parecen haber tomado ventaja de este fenómeno (más agua en el desierto), logrando ampliar sus fronteras agrícolas, lo cual habría afianzado la riqueza y poder de sus gobernantes, llevando asimismo a la ampliación de su territorio y la reubicación y creación de nuevos sitios y edificios monumentales”, explica.
“El posterior fin de la cultura Lima no fue catastrófico ni repentino, pudo ser gradual y producto del desgaste de su propio sistema y el surgimiento de nuevas ideologías”, enfatiza la investigadora.
La doctora Mauricio cree que “a pesar del gran número de investigaciones sobre El Niño es aún un fenómeno poco comprendido y extremadamente difícil de pronosticar. El hecho de encontrarnos ahora en una fase de calentamiento global, podría significar un nuevo cambio en la frecuencia de este fenómeno, trayendo consecuencias aún menos esperadas en su comportamiento”.
Otro paisaje
Mauricio asegura que “los registros más antiguos de El Niño en el Perú se remontan a 17,000 años antes del presente (AP), esta evidencia fue recolectada de sedimentos marinos extraídos en las costas de Lima”.

Parece que luego de un largo silencio, alrededor del 6,000 AP se reactivó El Niño, formando humedales, lagunas costeras, renovando llanuras aluviales con ricos sedimentos propicios para el crecimiento de vegetación ribereña y la práctica agícola, y recargando las aguas subterráneas vitales para la supervivencia en los valles de ríos pequeños.
“Esta revitalización de la costa habría estimulado aún más la sedentarización y desarrollo de las poblaciones costeñas que, hace más de 5,000 años, empezaron a construir los primeros edificios monumentales de los Andes Centrales como Áspero, Caral, Morteros, Huaca Prieta, entre otros”, afirma Mauricio.
Pero algo sucedió hace 3 mil años, cuando se aceleró la frecuencia de El Niño en nuestra costa, transformando el paisaje: los humedales, bahías costeras y lagunas se cubrieron de arena.
“Después de esta fase climática, la zona conocida como Norte Chico (Supe, Huaura, Fortaleza y Pativilca), que había sido un centro importante de desarrollo cultural, no volvió a tener una ocupación prehispánica significativa”.
“La presencia y los cambios en la frecuencia de El Niño, han tenido importantes efectos positivos y negativos para el clima, los ecosistemas y la geografía la costa, así como para sus poblaciones prehispánicas. El estudio del pasado nos muestra también que no siempre El Niño fue sinónimo de pérdida e incluso parece haber sido aprovechado en beneficio de algunas sociedades del pasado”, agregó.
No uno sino dos niños
En 1987, el mundo se sorprendió con el hallazgo de las tumbas del Señor de Sipán, en Lambayeque, en una zona que aún no se recuperaba de los estragos causados por el fenómeno El Niño, que cuatro años antes provocó una hecatombe en el norte peruano.
Más allá del asombro que provocó el hallazgo de las finas joyas del ajuar funerario del Señor de Sipán, el arqueólogo Walter Alva también fue uno de los primeros –fuera del ámbito académico– en explicar la historia del fenómeno climático. Lo hizo en base a los estratos de lodo seco hallados en los muros de Huaca Rajada, Sipán. Debió ser la primera vez que las investigaciones arqueológicas hacían alusión al denominado fenómeno El Niño. Por aquellos años, Alva sostuvo que un “mega Niño” habría provocado la desaparición de la civilización Moche.
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Hoy en día, el tema climático forma parte de toda investigación arqueológica seria, sobre todo, si se trata de la costa peruana.
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Para el doctor Luis Jaime Castillo, director de las investigaciones en San José de Moro (La Libertad), los Mochicas parecen haber colapsado no una, sino dos veces. La primera vez ocurrió hacia el 600 d.C., y la segunda hacia el 850 d. C. Esta fue la definitiva. “Si bien los fenómenos El Niño, u otras calamidades como terremotos o sequías prolongadas, pudieron ser los catalizadores de estos colapsos, en realidad fue la incapacidad de sus sistemas administrativos, de los gestores del Estado, de reaccionar ante estos eventos, lo que los hizo desaparecer”, sostiene.
“El colapso Mochica, entonces, más que efecto de un desastre parece haber sido causado por el rechazo de un pueblo que se sintió defraudado por sus líderes –añade Castillo– Los rituales que estos habían creado para legitimar su poder, los artefactos y estilos artísticos asociados a ellos, desaparecieron y dieron paso a sociedades diferentes, Lambayeque y Chimú, pero que continuaron con la tradición de las sociedades Mochicas”.
No culpes a la lluvia
El doctor Castillo advierte que “creer que la naturaleza va a ser siempre igual, que si no ha llovido en años nunca más lloverá, que las quebradas están dormidas para siempre, que los volcanes nunca despertarán, es posiblemente lo que llevó al final de los Mochicas. No culpemos al Niño sino a nosotros mismos. Los Niños seguirán ocurriendo, pero los Mochicas ya no están aquí hace 1,200 años”.
En todo caso, la historia enseña que fueron las expresiones más violentas de la naturaleza las que han forjado el temperamento de un pueblo.
No en vano las grandes civilizaciones de la antiguedad se desarrollaron en zonas sísmicas: Grecia, Turquía, Irán, China, Italia, India, Japón, México y, por supuesto, Perú, incluyendo los desmadres propios de El Fenómeno El Niño.
Solo falta saber si reaccionaremos igual que nuestros antepasados limeños.
Esta primera gran catástrofe del siglo XXI puede significar un impulso, una oportunidad.
Cómo evitar un colapso
Dr. Luis Jaime Castillo Butters (Arqueólogo)
En su libro Colapso, Cómo algunas sociedades escogieron fracasar o tener éxito, Jared Diamond, Geógrafo de la Universidad de California y autor de algunos de los libros más influyentes y polémicos de los últimos años, indica que las sociedades que han colapsado a lo largo de la historia tienen en común una serie de comportamientos.
Dice Diamond que algunas sociedades cayeron porque simplemente no se enteraron de lo que iba a pasar hasta que las calamidades estaban encima de ellos. Entre ellas están las sociedades primitivas, cuyo conocimiento de la naturaleza era muy limitado, o sociedades a las que las afectó una calamidad que no pudieron prever, como la llegada de los europeos al Nuevo Mundo. 
Un segundo grupo de sociedades colapsó porque, sabiendo lo que iba a pasar decidieron no hacer nada al respecto, como si los problemas pudieran resolverse solos: Puentes que se hacen sin los debidos estudios o ignorando los estudios que existen. Carencia de sistemas de almacenamiento de agua para casos de emergencias. Sabemos que este tipo de fenómenos retorna cada 15 o 20 años, pero seguramente en mayo ya habremos olvidado la devastación y seguiremos nuestro curso inexorable hacia el siguiente desastre.  Sabemos que si hay un terremoto muy fuerte las cosas se pondrán aun peor que ahora. Por ejemplo, sabemos que el Museo Nacional de Pueblo Libre, construido mayormente de adobe, sin refuerzos estructurales, se caerá, destruyendo las colecciones arqueológicas y, Dios no lo quiera, afectando a los visitantes. ¿Hacemos algo al respecto?
Un tercer grupo de sociedades colapsó porque sabiendo lo que iba a pasar, decidieron hacer lo contrario a lo que debían hacer, o siguieron haciendo lo que inevitablemente las llevaría a la ruina. Construir viviendas en las quebradas es el caso más evidente. 
Uno de los ejemplos que ha salido a la luz recientemente como un caso emblemático de colapso es el de los Mochicas de la Costa Norte del Perú. Pero en su caso, el colapso no fueron las lluvias e inundaciones sino la incapacidad de sus sistemas políticos de reaccionar frente a las amenazas. Al final del día las crisis parecen ser más el resultado de nuestro comportamiento que el de la naturaleza.
Fuente: Este artículo fue publicado originalmente en www.larepublica.pe
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