TAWANTINSUYU: La importancia del tejido andino en la época de los Incas


Los textiles andinos le otorgaron color al paisaje sudamericano precolombino. Bernabé Cobo, uno de los cronistas tempranos, señaló en varios de sus escritos que el cumbi (tejido fino inca) tenía una belleza y una calidad superiores a las telas europeas de la época.
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Escribe: María Irene Romero 
En la vastedad del mundo andino encontramos múltiples aspectos de una rica herencia cultural de los pueblos precolombinos que llega hasta nosotros. Entre ellos, cabe considerar a los textiles, una trama de técnica asombrosa, estéticamente admirable, cuya factura se comprende en un contexto político, social y religioso.

Cabe considerar la intervención y dirigismo impreso por el Incanato, en razón de que era el Estado el que proporcionaba la lana (de llama, alpaca o vicuña) para que las unidades domésticas tejieran las piezas que debían entregar como tributo, como así también las que usarían sus miembros. Es interesante esta forma de coparticipar la producción entre el estado y los habitantes del Incanato y de gestar una fuente de ingresos económicos en aquellos lejanos días.
Esta forma colectiva de producción no implicaba que los habitantes del Tawantisuyu estuvieran uniformados en las diferentes etnias que integraron el Imperio Inca. Todo lo contrario: el tejido sirvió para reafirmar la identidad étnica de cada grupo a través de su vestimenta, en claro respeto por las cualidades que distinguían a cada comunidad.
En esa diferenciación, no sólo la trama imponía la distinción, sino que también lo era el color.
Hermoso tejido inca que guarda el Museo Larco de Lima. (Fuente
En la época de los incas se carecía de moneda por lo que los textiles eran guardados en diferentes depósitos del Tawantinsuyu. Esto demuestra la importancia del textil para el pueblo inca. Otra de los usos que más les importaban a los emperadores era el ritual.
Los colores
El aborigen acudió al expediente de emplear sustancias tintóreas de origen vegetal y animal, circunstancia que arrojó como resultado textiles con un registro estrecho en matices pero de armónica y serena combinación. Habitualmente se recurría a la cochinilla, el ‘chamari’, el aliso y otras plantas que daban colores intensos con lo que se podía obtener distintos tonos, por ejemplo, rosado intenso, violeta, guindo, rojo brillante, rojo oscuro y rojo anaranjado.
Se recurría a la cochinilla, el ‘chamari’, el aliso y otras plantas que daban colores,
tal como aun de hace hoy en día.
Este colorante tolera la exposición a los rayos ultravioleta, una cualidad necesaria para alcanzar buenos resultados en el tejido porque el calor del sol aumenta la elasticidad de las hebras de urdimbre durante el proceso.
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Los textiles andinos, otorgaron color al paisaje sudamericano precolombino.
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Los colores fueron aplicados a la lana y el algodón de diversas maneras, antes de hilarlos o en el tejido mismo. El dar un baño colorante a la tela merece atención por las opciones decorativas que ofrece. En ocasiones las piezas eran procesadas enrolladas y atadas, explica la antropóloga Tamara Landívar, que esta técnica aún se conserva para tinturar.
Lograban esta diversidad de colores porque los ponían a hervir, pero también eran capaces de modificar la intensidad y hacer combinación de colores con la técnica del amarrado.

Dibujos, tramas y tejedores
Un rasgo particular es la simetría como característica inconfundible de la figuración del tejido. En torno a un eje central, real o imaginario, la pieza se divide en dos mitades idénticas, se ordenan concéntricamente los colores o tonalidades figurativas del tejido. La alternancia y articulación de las partes contribuye a la perfecta armonía de los textiles. En algunos casos se evidencia una concepción antropomórfica y zoomórfica del espacio textil, revelando la conexión con la naturaleza.
En cuanto a la calidad de los tejidos, en el Estado inca la clasificación se reduce a dos tipos: tejidos finos (cumbi) y tejidos toscos (ahuasca).
Muestra de hermosos tejidos de la época inca. (Fuente)
En la confección de tejidos finos se empleaban dos categorías de mano de obra: los cumbicamayoc (tejedores varones) y las acllas (doncellas escogidas, jóvenes que se destacaban en sus comunidades y que eran recluidas en los "acllahuasi"). Estas se ocupaban del tejido de ropa fina para los ritos religiosos y a la ropa del Inca.
También aislaban a los ‘cumbicamayoc’ y a las ‘acllas’ para que se dedicaran únicamente a producir textiles. Eran educados para hacer telares, fabricar el hilo y después empezar a tejer.
Los principales centros de cumbicamayoc se encontraban en Capachica, Jauja, Cajamarca, Pomatambo. En tanto las acllas se sitúan en dos puntos: Cusco y la isla de Cuati.
La ahuasca (awasqa, en quechua) o tejido común es el que se laboraba en las unidades domésticas para el uso cotidiano: frazadas, mantas, costales, etcétera.
Los telares respondían a dos tipos: horizontales y con urdimbre vista, destinado a la factura de los tejidos toscos, en tanto los telares verticales eran utilizados para tejidos finos, habitualmente empleados por los cumbis.
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El Inca era la presentación de Inti, dios Sol, principal deidad de ese pueblo. Este usaba el textil más fino, el ‘cumbi’ y no repetía atuendos.
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La vestimenta era bastante importante, pues se trataba de un tema de supervivencia y prestigio. El Estado era el que distribuía el algodón y la lana, por lo que supervisaban su adecuado uso.
En los libros de crónicas de Indias hay episodios que describen que cada vez que Atahualpa se desvestía, sus sirvientes recogían la ropa y la quemaban. Si alguien se atrevía a tocarla, recibía un castigo.

El paso a la adultez
Los tejidos acompañaban el ciclo vital de los pobladores del Incanato, desde la primera ceremonia colectiva del nacimiento de los niños, hasta los ritos funerarios.
La llegada a la pubertad de los adolescentes nobles del Cusco daba lugar a la ceremonia del huarachicuy, en la cual vestían por primera vez la "huara", prenda interior masculina.
En su obra "Buen Gobierno y Nueva Crónica", (antiguo manuscrito de 1.180 páginas, redactado aproximadamente en 1615, publicación facsimilar por el Instituto Etnográfico de París, 1936) su autor, Felipe Guaman Poma de Ayala, al tratar la genealogía de los doce incas, en la descripción que consagra a cada uno de ellos, el primer rasgo con que los caracteriza es el vestido y sus colores distintos: por ejemplo el quinto Inca, "tenía sus armas y su celada urna chuco de verde y su manta de encarnado, mezcla de colorado y su camiseta hacia arriba de azul oscuro y lo de abajo verde y sus pies con quatro ataderos".
Más adelante, además de los Incas, concede su atención al atuendo, tejidos y colores, añade el cronista, caracterizando a las doce reinas coyas, las esposas de los incas. Al respecto observa: "Y tenía su manta de color amarilla y lo del medio azul oscuro y la falda de encarnado de maras y su faja de cintura de verde muy entonada. Fue muy hermosa la tercera coya, no tanto como su abuela. Tenía una manta de morado y lo del medio anaranjado y su falda verde y su faja de cintura de colorado".
Cada vestuario era para un uso específico, reveló Felipe Guamán Poma de Ayala y lo más importante es que tanto la agricultura como la textilería estaban reflejadas en Viracocha, el ´hacedor de todo´ para los incas. El dios creador es un legendario héroe de cuatro caras, la primera representa el saber y el orden (Pachayachachi), la segunda las propiedades mágico-curativas y la agricultura (Amaymana), la tercera las telas culturales y rituales (Tocapo) y la cuarta lo no explícito (Taguapaca).
El unku inca, clásica túnica o camisa precolombina. (Fuente)
Bernabé Cobo, uno de los cronistas tempranos, señaló en varios de sus escritos que el cumbi tenía una belleza y una calidad superiores a las telas europeas de la época.
“La existencia de dos divinidades, de la agricultura y el textil, certifica la importancia de estas actividades en esa sociedad”, explica Cobo. El cronista Bernabé Cobo también refleja que el Inca ordenó que cada pueblo vencido debía conservar su propio atuendo y, a pesar de que se distribuía la lana, nunca se unificaron las vestimentas ni las decoraciones.
Cobo también explicó que los ‘tocapos’ eran figuras geométricas encuadradas vertical u horizontalmente que se podían apreciar en los cinturones o fajas y en las túnicas. “Estas figuras representan el linaje, el origen y también el parentesco de la persona que lo usa”, detalla el libro, y el Tocapo es el nombre de la deidad relacionada, específicamente, con los textiles rituales que es una de las caras de Viracocha. (F)
Tocapo inca.

La presencia hispana
La presencia de los ‘conquistadores’ españoles no implicó el fin de las producciones. Antes bien la factura de los textiles representa la continuidad, la permanencia de un rasgo cultural que entrelaza en siglos a los conquistadores y a los conquistados. Traspasa la organización de los estados y se proyecta en nuestro presente.
Lo relevante es que su elaboración en la modernidad mantiene el texto simbólico del tejido andino, no rompe su homogeneidad ni llega a modificar su composición. En esto el comportamiento textil se mantiene dentro de la misma racionalidad que regula el de la cultura andina en su conjunto.
Un componente importante de los tejidos andinos es su multifuncionalidad que, hasta la actualidad, ha incentivado y consolidado un nexo estrecho entre la economía, la vida social y los actos rituales.
Los textiles no sólo son empleados como vestimenta, cotidiana o festiva, sino que sirven de utensilios indispensables para las actividades agrícolas. También como tapetes para el suelo cuando se efectúan los actos rituales, y para guardar las hojas de coca, como cubrecabeza de las mujeres y como soporte para disponer ofrendas.
La lliklla o aguayo
En ocasiones el tejido trasmuta en elemento integrador entre la madre y el neonato: el aguayo, tejido resistente, permite a la progenitora cargar en la espalda a su vástago, configurando un cálido abrazo textil que contiene al pequeño.
Otra función es la de transportar los efectos personales y mercancías.
Merced a la extensión del mestizaje, las técnicas de producción son asimiladas por un segmento de la población criolla, que formará además de la aborigen y de la negra, la fuerza que motoriza la economía colonial.
Los documentos de la etapa virreinal (guías de tránsito entre jurisdicciones), dan cuenta del importante tráfico mercantil que se generaba a partir del comercio de los textiles (especialmente barracanes y tucuyos) y que unía al Perú con los territorios de la actual Bolivia y las provincias argentinas desde Jujuy hasta las de la región cuyana. El volumen del comercio que se transportaba en carretas, con una importante carga, hace presumir que el uso de estos textiles era de uso común en diferentes sectores de la población. Virreyes, arzobispos, generales, gobernadores, hasta el gaucho y el indio, acudieron al uso de estos productos en sus diferentes versiones.
Los inventarios practicados en los juicios sucesorios, dan cuenta entre los bienes muebles, enseres domésticos y vestuarios, de la existencia de elementos confeccionados con tejidos de herencia andina.
El viajero que precisaba internarse por los caminos de montaña rumbo al Alto Perú o hacia Lima, necesitaba de la protección que le brindaba un buen poncho salido de telares horizontales. También se lucía los mejores atavíos confeccionados con estos textiles salidos de las maquinas elementales y precolombinas cuya trama urdían manos morenas.
El tejido andino en la actualidad
La factura de estos tejidos se encuentra en un profundo proceso de transformación. Los cambios en la manufactura textil conllevan la alteración de su significado sociocultural y en su incorporación en los medios urbanos.
 A fines del siglo XX, florecieron las iniciativas de producción textil para la venta en mercados nacionales e internacionales de arte, tejidos tradicionales manufacturados con técnicas de urdimbre.
Las comunidades de tejedores avanzan a la producción dentro de microemprendimientos. Éstas obedecen tanto al régimen de reglas externas y dictadas por la comercialización del producto y por el mercado regional, como también a las reglas internas y relacionadas íntimamente con la organización sociopolítica de las comunidades.
El tejido andino expresado a través de ponchos, ruanas, chales, rebozos, (aun cuando muchos de ellos tengan ahora factura industrial), ha adquirido categoría de ciudadano del mundo.
Una ejemplar transmisora de este legado precolombino lo constituye SSMM Máxima reina de los Países Bajos, perteneciente a la dinastía Orange-Nassau, nacida Máxima Zorreguieta Cerruti. La soberana suele lucir estas prendas en su protocolar derrotero, incorporando en numerosas ocasiones el “tupu”, alfiler colocado en forma diagonal para sujetar chales y ruanas. Este adorno era usado por las mujeres del Inca, las Coyas, siendo uno de los vértices más interesantes de la orfebrería aborigen. (Luisa Vetter Parodi, “La evolución del tupu en forma y manufactura desde los Incas hasta el siglo XIX”, Instituto francés de estudios andinos, Bogotá, 2007)
Cabe recordar que su antepasado José Antonio de Zorreguieta Oyarzábal Gamboa y Sagastume se estableció en la Gobernación Intendencia de Salta del Tucumán en 1790. Por este ascendiente, la soberana de Holanda entronca su familia con los primeros linajes, herederos de una cultura que amalgamó los elementos aborígenes con el aporte español.
En nuestros días ya no tejen ni cumbicamayoq ni acllas, pero en su reinterpretación contemporánea, el tejido andino encuentra un espacio que lo redefine y actualiza.
Atraviesa los siglos y las ideologías
Tiene plena presencia en los rituales que siguen los hermanos iberoamericanos, como circula en los espacios urbanos con serena elegancia que recuerda la insondable majestad de los valles y las montañas. Reconfigura las representaciones simbólicas que lo originaron. Y sigue proporcionando cobijo en la calidez de sus texturas, trasmitiendo el legado que manos americanas urdieron generosas para el bienestar de los pueblos.
Fuente: Este artículo fue publicado originalmente en www.eltribuno.com
Algunos datos adicionales fueron tomados de www.eltiempo.com.ec
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Autor FÉLIX RODRI

Artista, folclorista y activista político/cultural. Apasionado investigador y difusor de la cultura peruana. Editor en jefe de la Revista Virtual Perú Folklórico y colaborador en otras plataformas similares.
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